[Emma Goldman] En qué creo

En qué creo ha sido el objetivo en numerosas ocasiones de los gacetilleros. Tales historias espeluznantes e incoherentes se han lanzado sobre mí, que no me extraña que a cada ser humano común le dé un vuelco el corazón cada vez que se menciona el nombre de Emma Goldman. Es una lástima que no vivamos en los tiempos cuando las brujas eran quemadas en la hoguera y tortura­das para expulsar el espíritu maligno de sus cuerpos. Para ellos, de hecho, Emma Goldman es una bruja. Es verdad que no se come a los niños, pero ella ha hecho cosas más terribles. Fabrica bombas y juega con la vida de los dirigentes del Estado. ¡Uhhh!

Tales son las impresiones que el público tiene sobre mí y mis ideas. Por ello es muy de agradecer que el World haya dado la oportunidad a sus lectores para que sepan realmente cuáles son mis creencias.

El estudioso de la historia del pensamiento progresista es per­fectamente consciente de que cada idea, en sus primeros estadios, ha sido despreciada y que los defensores de tales planteamientos han sido calumniados y perseguidos. No hace falta ir dos mil años atrás, al tiempo en el cual los que creían en lo que predicaba Jesús eran arrojados a la arena o encerrados en calabozos, para perca­tarse cómo las grandes creencias o los más fervientes creyentes son incomprendidos. La historia del progreso está escrita con la sangre de los hombres y mujeres que se han atrevido a vincularse con causas impopulares, como, por ejemplo, los derechos de los negros a controlar su propio ser, o las mujeres de su propio pensamiento. Si, por tanto, desde tiempos inmemoriales, lo nuevo ha tenido que hacer frente al rechazo y la condena, ¿por qué mis creencias debe­rían estar exentas de su corona de espinas?

En qué creo es algo más bien cambiante antes que algo irre­versible. Lo definitivo es para los dioses y los gobiernos, no para la inteligencia humana. Aunque puede ser cierto que el modelo de libertad de Herbert Spencer es el más brillante sobre esta cuestión, como base política de la sociedad, la vida es algo más que fórmu­las. La batalla por la libertad, como muy bien ha indicado Ibsen, es la lucha por, y no sólo para, alcanzar la libertad que libere lo más poderoso, fundamental y destacable del carácter humano.

El anarquismo no es sólo un proceso que marche por “cami­nos sombríos”, sino que vivifica todo lo que es positivo y cons­tructivo en el desarrollo orgánico. Es la manifiesta protesta del tipo más militante. Absolutamente inflexible, insistiendo e impregnando las fuerzas que hacen frente al más terco ataque y que resiste a las críticas de aquellos que en verdad constituyen las últimas voces de una época decadente.

Los anarquistas no son simples espectadores en el teatro del avance social; al contrario, tienen unos conceptos muy positi­vos con respecto a los objetivos y los métodos.

Como debo expresarme lo más claro posible en el menor espacio, permítaseme que adopte el típico esquema para desa­rrollar en qué creo.

I. RESPECTO DE LA PROPIEDAD

La “propiedad” significa el dominio sobre los objetos y la negación a los demás de usar tales objetos. En tanto la produc­ción no sea igual a la demanda, la propiedad institucional pudo tener alguna raison d’être (En francés en el original). Pero sólo hace falta consultar a los economistas para saber que la productividad del trabajo en las últimas décadas se ha incrementado extraordinariamente, excediendo a la normal demanda cientos de veces, convirtiendo a la propiedad no sólo en una traba para el bienestar de los seres humanos, sino en un obstáculo, una barrera mortal, para todo progreso. Es el dominio privado de los bienes lo que con­dena a millones de personas a ser nada, muertos vivientes sin originalidad o capacidad de iniciativa, maquinarias vivientes, que acumulan montañas de riquezas para otros, recibiendo a cambio una vida gris, aburrida y miserable. Creo que no puede existir una legítima riqueza, una riqueza social, en tanto se base en las vidas humanas, la vida de jóvenes y viejos, en la vida de los que están por venir.

Se afirma, por parte de los pensadores radicales, que la causa fundamental de este terrible estado de la cuestión es: 1º) que la mayoría de los hombres deben vender su labor, 2º) que su predisposición y opinión está subordinada a la voluntad de su amo.

El anarquismo es la única filosofía que puede, y debe, acabar con esta situación humillante y degradante. Se diferencia de las otras teorías en que se centra en el desarrollo del ser humano, su bienestar físico, sus cualidades latentes e innata disposición que deben determinar el tipo y condiciones de su trabajo. De igual modo, deben ser sus condiciones físicas y mentales, y las necesidades de su alma, lo que determine lo que cada uno deba recibir. Para hacer esto realidad, sólo es posible, creo, en una sociedad basada en la voluntaria cooperación de los gru­pos productivos, comunidades y sociedades que libremente se federarán juntas, que finalmente desarrollarán el comunismo libertario, actuando por la solidaridad de intereses. No puede existir libertad, en el amplio sentido de la palabra, ni desarrollo armonioso, en tanto las consideraciones mercenarias y comer­ciales jueguen un papel fundamental en la determinación de la conducta personal.

II. RESPECTO DEL GOBIERNO

Creo que el gobierno, la autoridad organizada o el Estado, sólo son necesarios para mantener o proteger la propiedad y los monopolios. Está suficientemente demostrado esta única función. Por no potenciar la libertad individual, el bienestar humano y la armonía social, lo que debería constituir el ver­dadero orden, los gobiernos han sido condenados por todos los grandes pensadores del mundo.

Por lo tanto, creo, con mis compañeros anarquistas, que las regulaciones estatutarias, las promulgaciones legales, las dis­posiciones constitucionales, son invasoras. Nunca han indu­cido a un hombre a hacer algo que él no quisiera hacer por la capacidad de su intelecto o temperamento, ni evitó nada que el hombre no haya sido capaz de hacer por las mismas causas. La pictórica descripción de Mollet, The man with the hoe (El hombre con el azadón. (N. de E.), la obra maestra sobre la minería de Meunier que ha ayudado a valorizar este trabajo frente a su anterior degradante conside­ración; las descripciones de Gorki del submundo, los análisis psicológicos de Ibsen de la vida humana, nunca podrían haber sido inducidas por el gobierno como no potencia el espíritu que impele al hombre a salvar a un niño que se ahoga o a una mujer herida de un edificio en llamas, las regulaciones legales o las porras de los policías. Creo, de hecho, que todo lo bueno y bello de la acción y expresión del ser humano tiene lugar a pesar del gobierno y no a causa de él.

Los anarquistas están, por lo tanto, justificados cuando asumen que el anarquismo, que la falta de gobierno, poten­ciará la más grande y amplia oportunidad para un desarrollo humano sin cortapisas, la piedra angular del verdadero pro­greso y armonía social.

En relación con el argumento estereotipado de que el gobierno reprime el crimen y los vicios, incluso no es creíble ni para los propios legisladores. Este país gasta millones de dólares para man­tener a los criminales tras los barrotes de las prisiones, a pesar de que el crimen no ha parado de incrementarse. Seguramente, ¡este estado de las cosas no es consecuencia de la carencia de leyes! El noventa por ciento de todos los crímenes son delitos contra la propiedad, que tienen su causa en nuestras injusticias económicas. En tanto y en cuanto continúen existiendo estas injusticias, podre­mos convertir cada farola en una horca sin que se aprecie el más mínimo efecto sobre los delitos cometidos entre nosotros.

Los delitos, que son consecuencia de la herencia, nunca podrán ser evitados mediante la ley. Ciertamente, en la actua­lidad sabemos que tales delitos pueden ser tratados de manera más efectiva sólo mediante los mejores métodos modernos de la medicina que están a nuestro alcance, y, sobre todo, mediante un profundo sentimiento de hermandad, generosidad y comprensión.

III. RESPECTO DEL MILITARISMO

No debería tratar este aspecto de manera independiente, en tanto tiene más que ver con la parafernalia del gobierno, si no fuera porque aquellos que más vigorosamente se oponen a mis creencias, al representar en última instancia el poder, son los apologistas del militarismo.

De hecho, son los anarquistas los únicos verdaderos defen­sores de la paz, las únicas personas que claman para frenar la creciente tendencia del militarismo, que está transformando rápidamente este, tradicionalmente país de la libertad, en una potencia imperialista y despótica.

El espíritu militarista es el más despiadado, cruel y brutal que existe. Promociona una institución mediante la cual no necesita ni siquiera fingir una justificación. El soldado, como ha indicado Tolstoi, es un asesino de seres humanos. No mata por amor, como podría hacer el salvaje, o por pasión, como ocu­rre con los homicidas. Es una herramienta mecánica, de sangre fría, que obedece a sus superiores militares. Está predispuesto a rebanar una garganta o echar a pique un navío al dictado de sus oficiales, sin saber el porqué o, tal vez, sólo importándole cómo. Me confirma esta afirmación nada menos que una lum­brera militar como el general Funston. Cito el último artículo del New York Evening Post del 30 de junio, que trata el caso del soldado William Buwalda que ha provocado una conmo­ción a lo largo de todo el Noroeste (1) “La primera obligación de un oficial o un recluta”, decía nuestro noble guerrero, “es una incuestionable obediencia y lealtad frente al gobierno al cual ha jurado fidelidad; no existe diferencias ya sea que él apruebe o no tal gobierno”.

¿Cómo podemos armonizar el principio de una “ciega obe­diencia” con el principio de “la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”? El mortal poder del militarismo no ha que­dado tan eficazmente demostrado hasta el momento como con la reciente condena por un consejo de guerra de William Buwalda, de San Francisco, Compañía A, Ingenieros, a 5 años en una prisión militar. Estamos ante un hombre que contaba con 15 años de servicios de manera continuada. “Su carácter y conducta eran intachables”, nos dijo el general Funston quien, en consideración a ello, redujo la condena de Buwalda a 3 años.

De esta manera, un hombre fue expulsado inmediatamente del ejército, con deshonores, robándole la posibilidad de recibir una pensión y enviado a prisión. ¿Cuál fue su crimen? ¡Sólo oír en la Norteamérica de las libertades! William Buwalda acudió a una conferencia pública, y tras la charla, estrechó la mano de la oradora. El general Funston, en su carta al Post, de la cual he hecho referencia anteriormente, afirmaba que la acción de Buwalda fue una “gran ofensa militar, infinitamente mayor que la deserción”. En otras declaraciones públicas que realizó el general en Portland, Oregon, afirmó que “El delito de Buwalda fue muy serio, igual que la traición”.

Es cierto que la conferencia estaba organizada por los anar­quistas. Si hubieran convocado el acto los socialistas (2), nos comentaba el general Funston, no hubiera existido objeción alguna a la presencia de Buwalda. De hecho, el general decía, “No tendría ni la más mínima duda en asistir a una con­ferencia socialista”. Pero, ¿puede existir algo más “desleal” que asistir a una conferencia anarquista con Emma Goldman como oradora?

Por este terrible delito, un hombre, un ciudadano de origen norteamericano, que había dado a este país los mejores 15 años de su vida, y cuyo carácter y conducta durante ese tiempo había sido intachable, actualmente languidece en prisión, con desho­nor y hurtado su modo de vida.

¿Puede haber algo más destructivo para el verdadero genio de la libertad que el espíritu que hizo posible la condena de Buwalda, el espíritu de la ciega obediencia? ¿Es por esto por lo que los norteamericanos han sacrificado en los últimos años 400 millones de dólares y su vitalidad?

Creo que el militarismo, una armada y ejército permanente en cualquier país, es indicativo de la pérdida de la libertad y de la destrucción de todo lo mejor y lo más puro de la nación. El clamor creciente a favor de más navíos de guerra y el aumento del ejército bajo la excusa de que nos garantizará la paz es tan absurdo como el argumento de que el hombre más pacífico es aquel que está perfectamente armado.

La misma carencia de consistencia es mostrada por esos defensores de la paz que se oponen al anarquismo, ya que supuestamente potencia la violencia, mientras ellos mismos están encantados con la posibilidad de que la nación estadouni­dense esté pronto preparada para arrojar bombas sobre inde­fensos enemigos por medio de máquinas voladoras.

Creo que el militarismo cesará cuando los amantes de la libertad a lo largo del mundo digan a sus amos: “Vayan y ase­sinen ustedes mismos. Nos hemos sacrificado nosotros y nues­tros seres queridos ya lo suficiente luchando en sus batallas. A cambio, ustedes nos han parasitado y robado en tiempos de paz y nos han tratado brutalmente en tiempos de guerra. Nos han separado de nuestros hermanos y han convertido en un matadero el mundo. No, no seguiremos asesinando o luchando por un país que ustedes nos han robado”.

Creo, con todo mi corazón, que la fraternidad humana y la solidaridad despejarán el horizonte frente a esta sangrienta carrera de guerra y destrucción.

IV. RESPECTO DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN Y DE PRENSA

El caso Buwalda es sólo un aspecto más de la cuestión más amplia de la libertad de expresión, de prensa y el derecho a la libre reunión.

Muchas buenas personas piensan que los principios de la libre expresión o de prensa pueden ser ejercidos correctamente y con seguridad dentro de los límites de las garantías constitucionales. Esto sólo es una excusa, me parece, para potenciar la apatía e indi­ferencia frente al violento ataque contra la libertad de expresión y de prensa que hemos sufrido en este país en los últimos meses.

Creo que la libertad de expresión y prensa viene a significar que yo pueda decir y escribir lo que me plazca. Este derecho, cuando queda regulado por los principios constitucionales, los decretos legislativos, la decisión del todopoderoso Director General de Correos o las cachiporras de los policías, se con­vierte en una farsa. Soy consciente que se me advertirá de las consecuencias de eliminar las cadenas a la expresión y prensa. Creo, sin embargo, que el remedio frente a las consecuencias que resulten de un ejercicio sin límites de expresión es permitir una mayor libertad de expresión.

Las cortapisas mentales nunca han podido poner freno a la marea del progreso, en tanto que las explosiones sociales pre­maturas sólo han tenido lugar tras una oleada de represiones. ¿Aprenderán alguna vez nuestros gobernadores que países como Inglaterra, Holanda, Noruega, Suecia y Dinamarca, con una amplia libertad de expresión, han quedado liberados de las consecuencias? Sin embargo, Rusia, España, Italia, Francia y, desafortunadamente, Norteamérica, han añadido estas conse­cuencias a los factores políticos más urgentes. El nuestro se supone que es un país gobernado por las mayorías, y aunque ningún policía está investido con el poder de la mayoría, puede romper una conferencia, echar al conferenciante del estrado y expulsar a golpes a la audiencia fuera del local, siguiendo el modelo ruso. El Director General de Correos, que no es un funcionario electo, tiene el poder de secuestrar publicaciones y confiscar el correo. Frente a su decisión, no existe más capa­cidad de apelación que en la Rusia zarista. Ciertamente, creo que necesitamos una nueva Declaración de Independencia. ¿No existe un moderno Jefferson o Adams?

V. RESPECTO DE LA IGLESIA

En una reciente convención política de lo que fue una vez una idea revolucionaria, se aprobó que la religión y la consecución del voto no tienen nada que ver el uno con el otro. ¿Por qué deben serlo? En tanto el ser humano está predispuesto a delegar el cui­dado de su alma al diablo, podría, con la misma coherencia, dele­gar en los políticos el cuidado de sus derechos. Que la religión es un asunto privado ha sido establecido por los Bis-Marxian Socialists (3) de Alemania. Nuestros marxistas norteamericanos, carentes de vida y originalidad, deberían acudir a Alemania en busca de su sabiduría. Este conocimiento ha servido como un moderador fundamental para conducir a millones de personas dentro de la perfectamente disciplinada armada del socialismo. Podrían hacer lo mismo aquí. ¡Por Dios! No ofendan la respeta­bilidad, no ofendan los sentimientos religiosos de las personas.

La religión es una superstición que fue creada por la inca­pacidad de la mente del ser humano para dar respuesta a los fenómenos naturales. La Iglesia es una institución organizada que siempre ha sido un impedimento para el progreso.

El clericalismo organizado ha despojado a la religión de su candidez y su primitivismo. Ha convertido la religión en una pesa­dilla que oprime el alma humana y mantiene su mente esclavizada. “El dominio de la oscuridad”, como el último verdadero cristiano, Lev Tolstoi, ha denominado a la Iglesia, ha sido el enemigo del desarrollo humano y el libre pensamiento, y como tal, no tiene lugar en la vida de unas personas verdaderamente libres.

VI. RESPECTO DEL MATRIMONIO Y DEL AMOR

Creo que éstas son las cuestiones, probablemente, más tabúes en este país. Es casi imposible hablar sobre ello sin escandalizar la preciada decencia de mucha gente. No nos extraña que preva­lezca tanta ignorancia en relación con estas cuestiones. Sólo un debate abierto, franco e inteligente podrá purificar el aire del his­terismo, de tonterías sentimentales que amortajan estos aspectos vitales, vitales para el bienestar tanto individual como social.

Matrimonio y amor no son sinónimos; al contrario, son antagonistas. Soy consciente del hecho de que algunos matri­monios son producto del amor, pero las estrechas y materialis­tas limitaciones del matrimonio, como tal, rápidamente aplas­tan la tierna flor del afecto.

El matrimonio es una institución que posibilita al Estado y a la Iglesia unos ingentes réditos y unos medios para fisgonear en esa fase de la vida que las personas inteligentes, desde siempre, consideran de su propia incumbencia, sus asuntos más sagrados. El amor, que es el factor más poderoso de las relaciones humanas, desde tiempos inmemoriales ha desafiado todas las leyes hechas por los humanos y ha roto los barrotes de los convencionalismos de la Iglesia y la moralidad. El matrimonio suele ser simplemente un acuerdo económico, que asegura a la mujer una póliza de seguro de por vida y al hombre una perpetuadora de su clase o una bonita muñeca. Es decir, el matrimonio, o su preparación para el mismo, predispone a la mujer a una vida como parásita, una sir­vienta dependiente e indefensa, mientras que otorga al hombre el derecho a detentar una hipoteca sobre una vida humana.

¿Cómo pueden tales cuestiones tener algo que ver con el amor, el cual renunciaría a todas las riquezas económicas y poder para vivir su propio mundo sin ataduras? Pero ésta no es la época del romanticismo, de Romeo y Julieta, de Fausto y Margarita, del éxtasis a la luz de la Luna, de las flores y las melodías. La nues­tra es una época práctica. Nuestra primera consideración son los ingresos. Cosa terrible si hemos alcanzado la era en que, se supone, se verificarán los más altos vuelos del alma.

Pero si dos personas adoran el templo del amor, ¿qué debe­mos hacer con el becerro de oro, el matrimonio? “Éste es la única salvaguarda para la mujer, para los niños, para la fami­lia, para el Estado”. Pero no es la salvaguarda para el amor; y sin amor, no puede existir ningún verdadero hogar. Sin amor, no debería nacer ningún niño; sin amor, ninguna verdadera mujer puede vincularse con un hombre. El temor de que el amor no sea elemento suficiente para salvaguardar a los niños está caduco. Creo que cuando la mujer firme su propia eman­cipación, su primera declaración de independencia consistirá en admirar y amar al hombre por las cualidades de su corazón y mente, y no por las cantidades existentes en su bolsillo. La segunda declaración sería que ella tuviera el derecho a seguir ese amor sin impedimentos ni obstáculos externos. La tercera, y la más importante declaración, será el absoluto derecho a la libre maternidad.

Así, una madre y un padre igualmente libres serán la base de la seguridad para el niño. Tienen la fuerza, la solidez y la armonía para crear la atmósfera necesaria en donde la planta humana puede germinar en una exquisita flor.

VII. RESPECTO DE LOS ACTOS DE VIOLENCIA

Ahora debo señalizar mis creencias sobre lo que más mal­entendidos ha provocado en las mentes del público norteame­ricano. “Bien, vamos, ¿ahora no propagas la violencia, el ase­sinato de la realeza y de los presidentes?” ¿Quién ha dicho eso? ¿Alguien me lo ha escuchado decir? ¿Alguien lo ha visto impreso en nuestros escritos? No, aunque los periódicos lo dicen, todo el mundo lo dice; en consecuencia debe ser así. ¡Oh, qué precisión y lógica la de mi querido público!

Creo que el anarquismo es la única filosofía de paz, la única teoría de las relaciones sociales que valora la vida humana por encima de todo lo demás. Sé que algunos anarquistas han come­tido actos de violencia, pero fueron las terribles desigualdades económicas y las grandes injusticias políticas las que les lleva­ron hacia tales actos, no el anarquismo. Cada institución en la actualidad se basa en la violencia; nuestro medio social está saturado de ella. En tanto exista tal estado de las cosas, tendre­mos las mismas posibilidades de parar las cataratas del Niágara que de acabar con la violencia. Ya he dicho que los países con mayor libertad de expresión han tenido pocos o ningún acto de violencia. ¿Cuál es la consecuencia? Simplemente que ningún acto violento cometido por los anarquistas ha sido en beneficio, enriquecimiento o provecho personal, antes bien, han sido una protesta consciente contra alguna medida represiva, arbitraria o tiránica tomada desde el poder.

El presidente Carnot, de Francia, fue asesinado por Caserio en respuesta a la negativa de Carnot a conmutar la pena de muerte de Vaillant, por cuya vida había intercedido todo el mundo literario, científico y humanitario de Francia.

Bresci acudió a Italia con sus propios fondos, ganado en las hilaturas de seda de Paterson, para conducir ante la justicia al rey Humberto por su orden de disparar a indefensas muje­res y niños durante un disturbio por pan. Angiolillo ejecutó al primer ministro Cánovas por la resurrección de la inquisi­ción española en la prisión de Montjuich. Alexander Berkman atentó contra la vida de Henry C. Frick durante la huelga de Homestead únicamente por su intensa simpatía por los once huelguistas asesinados por Pinkertons (4) y por las viudas y los huérfanos, desahuciadas por Frick de sus miserables hogares que eran propiedad del señor Carnegie.

Cada uno de estos hombres dieron a conocer sus razones al mundo a través de mítines y declaraciones escritas, mostrando las causas que los condujeron a sus actos, demostrando que las insoportables presiones económicas y políticas, el sufrimiento y la desesperación de sus compañeros, mujeres y niños, provo­caron sus actos, y no la filosofía del anarquismo. Se mostraron abiertos, francos y dispuestos a asumir las consecuencias, pre­parados para entregar sus propias vidas.

Consecuente con la verdadera naturaleza de nuestros males sociales, no puedo condenar a aquellos que, sin haber cometido ningún mal, están sufriendo el extendido mal social.

No creo que estos actos puedan conllevar, y no han tenido esta intención, una reconstrucción social. Ésta sólo puede ser hecha a través, primero, de un amplio y generalizado apren­dizaje del lugar ocupado por el ser humano en la sociedad y su apropiada relación con sus hermanos; y, segundo, a través del ejemplo. Quiero decir, por ejemplo, vivir la verdadera vida una vez sea reconocida, y no simplemente teorizar sobre los elementos de la vida. Finalmente, y como arma más poderosa, la protesta económica consciente, meditada, organizada, de las masas a través de la acción directa y la huelga general.

El argumento generalizado de que los anarquistas se oponen a cualquier organización, y por tanto defienden el caos, es com­pletamente infundado. Es verdad, no confiamos en los aspectos obligatorios y arbitrarios de la organización que obliga a per­sonas con intereses y criterios diferentes a formar un conjunto, unificándolos a través de la coerción. Una organización como consecuencia de la mezcla natural de intereses comunes, creada a través de la unión voluntaria, no sólo no es contraria a los anarquistas sino que creen en ella como la única base posible para la vida social.

Ésta es la armonía para un crecimiento orgánico que pro­duce variedad de colores y que da lugar al conjunto diverso que admiramos en las flores. Análogamente, podríamos organizar la actividad de seres humanos libres dotados de un espíritu de solidaridad que llevará a la perfección social armónica, que es el anarquismo. De hecho, sólo el anarquismo puede dar lugar a una verdadera organización no autoritaria, en tanto suprime los existentes antagonismos entre individuos y clases sociales.


Notas:

(1) William Buwalda era un soldado del ejército quien, por estrechar la mano de Emma Goldman tras una conferencia que dio sobre el patriotismo en San Francisco en 1908, fue arrestado, juzgado en consejo de guerra, expulsado con deshonores y condenado a 5 años de trabajos forzosos en Alcatraz. El general que presidía el tribunal consideró su acción como un delito por “dar la mano a una peligrosa mujer anarquista”. Buwalda, un soldado con 15 años de servicios, condecorado en una ocasión por su “fiel servicio”, no sabía nada sobre el anarquismo en esos momentos, aun­que acudió a la conferencia de Goldman por curiosidad. Diez meses des­pués de su sentencia, fue indultado por el presidente Theodore Roosevelt. Una vez liberado, devolvió su medalla al ejército con una carta en donde comentaba que él “no volvería a llevar tales baratijas… Dénsela a alguien que la pueda apreciar mucho más que yo”. A partir de ese momento, se vinculó con el movimiento anarquista. (N. de E.)

(2) En Estados Unidos, el Partido Socialista representa al ala ortodoxa comu­nista. (N. de E.)

(3) El término Bis-Marxian Socialists (también denominado como Bismarckian socialism) hace referencia a las tendencias nacionalistas dentro del movi­miento socialista y comunista, verdadera traición al inicial espíritu inter­nacional del socialismo, que a la larga daría lugar al Partido Nacional Socialista alemán.

(4) Agencia de detectives de infausto recuerdo para el movimiento obrero norteamericano. Actuaba como fuerza de choque de los propietarios cada vez que se declaraba una huelga. (N. de E.)

Emma Goldman