[Fermín Salvochea] La Contribución de Sangre

I Su origen

Desde los más remotos tiempos el desnivel intelectual, nacido, naturalmente, como el físico en el seno de las sociedades humanas, y agrandado y desarrollado artificialmente después en provecho aparente de los menos y en perjuicio de los más, primero y de todos al fin, ha sido la causa fundamental de la calamidad que lamentamos, origen, a su vez, de cuantos males han afligido y pesan todavía sobre los mortales.

De todos los tributos pagados por los vencidos a los vencedores, ninguno tan odioso, tan inicuo y tan detestable como éste: que el oprimido se preste a dar al conquistador el producto de su trabajo y sufra la ley del vencido, se comprende, por más que se deplore, pero que llegue hasta tal punto su abatimiento moral que se resigne a entregar a su semejante convertido en su señor y amo, hasta sus propios hijos, cosa es que traspasa los límites de lo racional, y que en el porvenir, se considerará poco menos que imaginario.

Esta institución, tan repugnante como bochornosa, nacida en la noche de los tiempos, basta por sí sola a hacer repulsiva una civilización que con ella ha tenido la debilidad de transigir, haciendo que el pobre mire con envidia la suerte de aquellos que, a pesar de ser tenidos por salvajes, son mil veces más felices que los esclavos del salario, en los pueblos que dotados, de una vanidad sin límites y de un orgullo tan sólo comparable con su ignorancia, se proclaman a sí mismos los portaestandartes de la civilización, las fuentes del progreso y los depositarios del saber.

Las ideas de patria -¡como si ésta pudiera existir para los esclavos!- unidas a las religiosas, que tanto han contribuido al embrutecimiento y abyección de las muchedumbres, han formado una espesa red que, durante largos y largos siglos, ha tenido a los productores de la riqueza a merced de sus implacables y eternos enemigos, a quienes no contentos con dar el fruto de la tierra, cultivada con sus brazos y fertilizada con su sudor, le entregan, ¡oh desgraciados!, hasta el de sus mismas entrañas. Y el falso, y a todas luces absurdo concepto de la propiedad, unido a las causas anteriormente referidas, vino como vulgarmente se dice, a remachar el clavo y a eternizar (si tal puede decirse del error, llamado a desaparecer) la explotación del hombre por el hombre y la preponderancia del fuerte sobre el débil.

He aquí el origen de una contribución que es la negación de todo progreso y fuente de todos los males. Sin ella, el edificio del privilegio y la desigualdad, amasado con la sangre y construido con los huesos de tantas generaciones de esclavos, se vendría a tierra, como las murallas de la ciudad de que habla la leyenda bíblica, sin que para ello fuera necesario las vibraciones producidas por ningún instrumento, bastarían las engendradas por la humana voz.

Puesto de manifiesto el origen perverso, bárbaro y cruel de carga tan verdaderamente afrentosa, que degrada lo mismo al que la impone que al que la sufre y la tolera, perjudicando a todos por igual, porque el mal, en difinitiva, a ninguno aprovecha en el fondo, aun cuando lo parezca en apariencia. La labor que nos proponemos seguir en los siguientes capítulos, relacionada con los medios más faciles, convenientes y aceptables para llegar lo más rápidamente posible a su abolición, aunque grande si se compara con el alcance de nuestras débiles fuerzas, es sin embargo relativamente insignificante, porque el principio de justicia en que se inspira y la verdad en que se asienta tienen tanta fuerza y tal poder que, con ellas, hasta la inteligencia más limitada puede avanzar, como se proponga, a llevarla a feliz ejecución.

¿Quién habrá que no vea en el nacimiento de la propiedad individual el origen de una fuerza destinada constantemente a sostenerla y ampararla? Sólo esta consideración bastaría para condenar a un régimen que, únicamente mantenido por la violencia puede subsistir. Para sostener a los menos en la injusta posesión de lo que han producido y de derecho corresponde a los más, está en las ciudades y en los campos la policía. Cuando su fuerza no es bastante y la protesta individual se torna en colectiva, interviene el ejército, sin cuyo auxilio tendría siempre comprometida su existencia la burguesía, porque la tendencia hacia el comunismo anárquico es tan natural y está tan en armonía con nuestra naturaleza que, a no impedirlo la fuerza bruta, engendro de la astucia y la ignorancia, puesta a disposición de los perversos y de los malvados, a él hace mucho tiempo habría acudido la sociedad, como lo ha hecho, aunque con carácter temporal, en las grandes crisis de la Historia. Que una plaza se ve sitiada, que un buque se halle detenido por un accidente cualquiera y tenga que prolongar forzosamente la navegación, y lo veremos en el acto aparecer. En una palabra, el ejército permanente es a la propiedad privada lo que la sombra al cuerpo: el uno es consecuencia inevitable de la otra. Sobre esto ya no puede haber dudas de ningún género ni vacilaciones de ninguna clase. Que su existencia, pues, lo mismo en el interior que en el exterior, sólo es beneficiosa a los menos, siendo, por consiguiente, un dogal que el pueblo mismo se ha arrojado al cuello: es una verdad innegable. El patriotismo y la religión, esas dos armas formidables que, manejadas hábilmente por los más listos y menos escrupulosos tanto daño han causado a la humanidad, representan un importante papel en el origen de los ejércitos.

La necesidad de defenderse, de los animales primero y de los vecinos después, puso el arma en la mano del hombre de la caverna, y lo que sólo debía servir para asegurar la vida independiente y mantener la libertad, al perder su carácter popular y convertirse en una institución, ha producido el efecto contrario, dando vida a lo que pretendía destruir, y consolidando lo que trataba de evitar.

II Causas que la sostienen

La propiedad individual, enemiga de la igualdad, contraria a los inmortales principios de la fraternidad, proclamados lo mismo por la filosofía que por las religiones, y eterna manzana de discordia, de desolación y de ruina, tanto entre los individuos como entre los pueblos y naciones, no hubiera podido subsistir sin el poderoso concurso de esa abrumadora fuerza material, que las multitudes inconscientes ponen a disposición de sus astutos e implacables enemigos. Siglos ha la cuestión económica se hubiera resuelto conforme a la equidad y a la justicia, y el humano y racional comunismo libertario hecho una nación de todos los pueblos y una familia de todos los hombres, a no ser por esa fuerza bruta que los mismos desheredados ponen imbécilmente en manos de aquellos que les aprietan las cadenas y les oprimen el corazón.

Sí; el bárbaro e inhumano capitalismo no es más que una forma más hipócrita, y por eso también más horrible y más denigrante, del feroz y brutal canibalismo que forma el fundamento y es la parte esencial del sistema capitalista burgués. Que lea uno de estos que en África o en Oceanía se comen a los hombres y pondrá el grito en el cielo, pidiendo el inmediato exterminio de esos salvajes que nos hacen avergonzarnos de pertenecer a la humanidad. Y si les manifestáis que otro tanto ocurre en el seno mismo de nuestra sociedad, y que el producto del trabajo del obrero, convertido en un capital que el rico disipa a su placer, y que, por consiguiente, deja de servir para proporcionar a los productores los medios de poder reparar racionalmente las fuerzas gastadas y atender a sus demás necesidades, representa la carne que el otro salvaje se come, dirá que es una barbaridad; pero no podrá demostrarlo, porque, en efecto, no es posible hallar mayor analogía. Pero, aún hay más: el canibalismo primitivo tiene a su favor algo que le falta al moderno: aquél reconocía por causa el hambre, éste, sólo la satisfacción de torpes deseos y ruínes pasiones. Con el valor que representan las mansiones de los poderosos, habría para que ninguno careciera de albergue; con el exceso de capital que invierten en sus trajes los privilegiados bastaría paro evitar que nadie se viera desnudo; con el dinero inmoderado que gasta la burguesía en comer, y en hacer gala de un lujo y una vanidad desenfrenada; con lo que emplea en brillantes, teatros, iglesias y orgías, se hallaría lo necesario para impedir que hubiera quien perdiera la vida, como hoy sucede por no poder atender a las más perentorias necesidades. Y bien, si hay alguna diferencia entre el antropófago pasado y el presente, la ventaja se hallará de parte del primero: la miseria y la ignorancia militaban en su favor y podían, hasta cierto punto, atenuar algo su gravedad; pero el segundo, floreciendo y desarrollándose en el seno de una sociedad en que la producción abunda, y que pretende ser civilizada, no cuenta con circunstancia atenuante alguna, por el contrario, mientras más de cerca se le contempla más deforme y odioso aparece.

Mirad con el microscopio de la sociología, las joyas con que se engalana la burguesía, y veréis que en sus piedras preciosas se encuentran los glóbulos rojos que faltan en la sangre de los proletarios. Aplicad el mismo instrumento al examen de sus palacios, sus catedrales, sus prisiones y sus cuarteles, y en la cal que se encuentra en sus muros hallaréis la que procede de los huesos de los esclavos, de los siervos y de los asalariados, del eterno paria, en fin, que es quien lo ha producido todo para los demás, a costa de su salud y de su vida.

Las palabras Libertad, Igualdad y Fraternidad, escritas en el muro, que anunciaron en el festín de Baltasar el fin de todo un régimen, sólo risa y desprecio producen a la burguesía que, cegada por la soberbia, halagada por el orgullo y adormecida por la vanidad, no se da cuenta de la rapidez con que se camina hacia su inmediata desaparición. Pero la marea sube, el descontento aumenta, las ideas de equidad y justicia se abren paso por todas partes; las religiones ni las fronteras bastan a contener a los pueblos encerrados en los antiguos moldes; el deseo y la necesidad de expansión se encuentran por doquier y se hacen sentir en todo el mundo.

Si el fanatismo y la ignorancia de los pasados siglos han podido ser causa y efecto, al mismo tiempo, de cuadro tan desconsolador, hoy que la luz, aunque débilmente, empieza a iluminar el entendimiento de la masa, y ésta ve disiparse, poco a poco, las brumas que oscurecían su razón, hay sobrado motivo para, con fundamento, esperar que una vez conocido por el pueblo las verdaderas fuentes del mal, acude en plazo breve a aplicarle un seguro y eficaz remedio, que, aunque en primer término favorezca sólo a él, por ser hoy el más perjudicado, en el fondo será beneficioso para todos, libertando a la sociedad, al mismo tiempo que del brutal y opresor militarismo, de ese cáncer inmundo que se llama individualismo imperante.

En todas las naciones los trabajadores se agitan y se mueven, no hay pueblo alguno donde el deseo de redención no aliente en el pecho de los oprimidos, a la sombría y triste resignación y mansedumbre, predicadas en el cristiano templo, han sucedido las ideas de rebeldía y emancipación, sembradas por los pensadores antiguos y modernos en el seno de las muchedumbres; caminamos hacia el ideal, y a poco que la suerte nos favorezca, saldremos de una vez para siempre del templo de las tinieblas, y penetraremos en el de la luz. Negro ha sido el pasado, pero brillante es el porvenir. Adelante, pues, y con el ánimo firme y sereno, resolveremos el gran problema, conquistando para la presente y futuras generaciones, el bien de que carecieron las pasadas. Sólo de este modo dejaremos cumplida nuestra misión civilizadora, sólo así dejaremos impresa una huella en la historia que no se borrará jamás, porque anunciará a la humanidad del porvenir el término de la esclavitud y el principio de la libertad. La muerte del capitalismo y la autoridad, y el triunfo del comunismo y la anarquía.

Lo que debe y puede hacerse para llegar a tal resultado, lo manifestaremos en el siguiente capítulo.

III La acción

Ya distinguidos y eminentes escritores se han ocupado extensamente de la plaga del militarismo, y nosotros también, en un modesto trabajo sobre el desarme (1), convinimos con nuestros ilustres predecesores en que, en verdad, no el clericalismo, como decía Gambetta, sino aquél, era la causa principal de todos nuestros infortunios y piedra angular sobre que hoy descansan el viejo y vacilante edificio capitalista.

En los Estados Unidos no hay iglesia oficial: los hebreos, los budistas y los cristianos sostienen sus respectivos cultos, sin que el Estado intervenga ni se mezcle para nada en el particular; sin embargo, gracias a la fuerza material, el contraste entre la riqueza y la miseria es allí mayor, si cabe, que en Europa. Y como en aquel país no existe la contribución de sangre, como sucede en la mayoría de las grandes potencias de nuestro continente,alguno pudiera pretender deducir de este hecho que, aun suprimido el servicio obligatorio, todas las clases privilegiadas encontrarían, como sucede en dicha nación y en Inglaterra, proletarios que las defendieran con las armas en la mano contra los desheredados y hambrientos. A semejante argumentación contestaremos lo siguiente:

Si la propaganda comunista, ya representada por el comunismo anarquista o por el autoritario (pero comunismo al fin) del partido obrero, hubiera alcanzado allá la fuerza y la importancia que tiene en Francia y Alemania, por ejemplo, es bien seguro que el problema, si no resuelto de una vez, se hallaría muy cerca de su solución. La mayor cultura relativa del soldado voluntario, comparada con el forzoso, y la imposibilidad de que el número de los primeros pueda llegar nunca adonde actualmente se eleva el de los segundos en las naciones referidas, es una garantía de que a la supresión de la odiosa contribución de sangre, seguiría en las grandes potencias continentales primero, y en el mundo entero después, una completa y radical transformación de la propiedad, en el sentido ya indicado, y con ella el término de la esclavitud y la miseria, la ignorancia y la desigualdad.

Si hasta la misma burguesía se dispone a negar su óbolo a los que no han sabido defender sus intereses; si una mitad de los privilegiados se revuelve y embiste contra la otra mitad; si la clase media se dispone a reñir fiera batalla por la única y exclusiva cuestión que puede hacer despertar de su letargo, por los céntimos, lógico y natural será que los humildes, los parias, los siervos de todas las épocas y los esclavos de todos los tiempos se nieguen a su vez a entregar a sus hijos para que no se conviertan en sus propios verdugos; que no permitan por más tiempo que su misma sangre sea la que se interponga entre ellos y el producto de su trabajo; entre los que tienen necesidades y los medios de satisfacerlas; entre el rico y el pobre. En fin, cuando los que han nacido en el seno de la clase desheredada u oprimida no pueden ponerse al servicio de los primeros sin cometer la mayor de las indignidades y la más espantosa de las villanías. ¿Será posible que mientras los unos tengan energías suficientes para negar su dinero al Estado, carezcan los otros del valor necesario para no dar sus hijos? ¡Horroriza el pensarlo!

A los que digan que el ejército sirve para defender al país y garantizar su independencia, contestadles que, para obra semejante, se bastan los pueblos a sí mismos, como lo atestigua en sus páginas la Historia y como lo demuestra lo que a diario ocurre en nuestros días.

Ved lo que pasa en el Sur de Africa: dos microscópicas repúblicas, que apenas figuran en el mapa, han puesto en grave aprieto a una de las naciones más poderosas de la tierra; dos pueblos, pequeños por el número de sus habitantes, pero grandes por el amor a su libertad e independencia, se han opuesto con heroica energía a la fuerza grandiosa del soberbio invasor, y los hombres, las mujeres y los niños, el pueblo en fin, sin plumeros, sin galones y sin cintajos, desprovisto de todo lo que el enemigo le presta un aspecto teatral, pero animado de un espíritu que jamás se podrá encontrar entre los defensores de la opresión y la tiranía, ha hecho ver al mundo, una vez más, la difrencía que existe entre combatir por razón y luchar en su contra.

Creían los gobernantes ingleses que lo ocurrido a España era debido a la degeneración nacional, y ahora reconocerán el error, se habrán convencido de que, en las repúblicas africanas, como en Cuba, Filipinas y Creta, los defensores de la independencia y la libertad tienen una inmensa superioridad sobre su adversario. Este gran fracaso moral de Inglaterra es una dura lección que no han de desatender los opresores, y que debe alentar y fortalecer al oprimido: ella demuestra que ningún contrario es despreciable, como tenga de su parte a la razón.

Hoy, las dos repúblicas hermanas del Continente Negro y la filipina, en la Oceanía, mantienen bravamente la guerra contra dos naciones de un poder colosal. A su lado se hallan las simpatías del mundo entero; y tal es, afortunadamente, en nuestros tiempos la fuerza incontrastable de la razón, que, tanto en Inglaterra como en los Estados Unidos, millares de voces se levantan protestando contra esa barbarie y solicitando para todos justicia y equidad.

Lo que sigue, y que revela cómo juzgan nuestros compañeros ingleses la actual guerra, lo traducimos de la valiente revista Freedom, correspondiente al mes de abril del año actual (1900):

“El resultado de esta guerra es bien conocido. Más de 18.000 hombres fuera de combate (3.000 prisioneros y 15.000 entre muertos y heridos en el campo de batalla y bajas a consecuencia de las enfemedades), son las pérdida que ha sufrido este país para quebrantar la primera línea de defensa de los boers: la que habían trazado en territorio británico, por medio de la cual han evitado, durante cuatro meses consecutivos, que una potencia de primer orden, con 38 millones de habitantes, y apoyada por sus colonias, invadiera su teritorio. Y si a estas pérdidas se le agregan las de aquéllos, apreciándolas tan sólo en una mitad, se verá que 8.000 agricultores boers han sucumbido, sólo por querer que los dejaran labrar sus tierras y hacer productiva una parte del planeta, de cuyo motivo nadie había querido o podido ocuparse jamás.

Más de 25.555 hombres han sido sacrificados durante el primer acto del drama, a la desmedida ambición y codicia de los Rotschilds, de los De Beers, los Rhodeses, los Chamberlains y otros vampiros internacionales, dueños de Londres y de otras capitales europeas.

¿Cuántos miles más habrá que sacrificar, ahora que los boers se han replegado a su segunda línea de defensa, trazada en su propio país, y que las mujeres y los niños les ayudarán a defender?”

“En el campamento abandonado recientemente cerca de Arondel, se encontraron artículos femeninos de todas las clases y hasta biberones para criaturas que se habían dejado a la espalda. Aun fuera de su propio territorio, en la Colonia del Cabo y en Natal las mujeres boers han participado, al lado de los hombres, de todos los rigores de la campaña. En todos los ejércitos se considera como una tercera parte el número de soldados mecánicos; pero cuando un pueblo acude a las armas para defender su independencia, todos tienen que combatir, y las mujeres boers con sus hijos al pecho, se hicieron cargo de guisar el rancho, cuidar de los caballos, cargar y descargar los carros y hacer toda clase de trabajo, mientras los hombres estaban en las trincheras”.

“Esto ocurría en la primera línea de defensa: pero ahora que tienen que defender la segunda en su propio país, es indudable que hemos de ver a las mujeres, fusil en mano, defendiendo las trincheras, en las cuales ya hay muchachos hasta de diez y seis años de edad, entre tanto que los más pequeños (de diez a quince) se ejercitan tirando al blanco, como hemos visto en una fotografía tomada por un ruso en el Transvaal. Ahora sus madres se unirán a ellos; desde el principio de la guerra han estado pidiéndole a Krüger que les permitiera formar legiones de mujeres, y éste se vió compelido a prometer que acudiría a ello si los enemigos invadieran la nación”.

“Esas mujeres pueden ir sin temor a las trincheras: no oirán jamás de sus padres y de sus hermanos una palabra que pudiera ofender sus oídos, pues no teniendo que tratar con aquellos a quienes el cuartel desmoraliza y corrompe, serán recibidas como madres y hermanas”.

Por los anteriores fragmentos se observará que en Inglaterra, como en todas partes, hay gentes que anteponen a todo, el culto a la Razón y la Verdad.

Si los obispos y los curas que, en interés de la burguesía, ponían medallas y cruces, escapularios y amuletos, en el pecho de su juventud inocente, condenada a no volver más a su país y dejar sus huesos lejos de los hogares de sus padres y de sus hermanos, hubieran tenido que compartir con el hijo del productor las consecuencias de la lucha y los sufrimientos de la campaña, ¡de qué modo tan diferente hubiesen procedido! Por favorecer los bastardos intereses de los poderosos no vacilaron en sacrificar a los humildes, abusando de la ignorancia y de la credulidad de éstos para mandarlos a una muerte segura. ¡Grande es, en verdad, la responsabilidad de esos hombres que pretendiendo ser los defensores de la moral, de modo tan contrario a ella se han conducido!

Si alguien os dice que se ha de considerar como una desgracia la emancipación de las colonias, contestadle que no tenemos dos pesos ni dos medidas, y que, queriendo como queremos para nosotros la independencia y la libertad, la deseamos igualmente para todos los pueblos de la tierra; que el mundo es nuestra patria; nuestros hermanos los que defienden en todas partes la libertad; nuestros enemigos los que luchan al servicio de la opresión y la tiranía. A estos grandes y eternos principios de la justicia, y que son los que hicieron inmortal a la Francia del 93, y que han inspirado siempre a los autores de las verdaderas revoluciones, debemos adherirnos, dispuestos, si es preciso, a sucumbir en su defensa o a bañamos en su brillante luz. Que el temor a la muerte no será nunca bastante a imponernos una existencia ruin y desgraciada; porque vivir no es vegetar, y cuando la vida se reduce sólo a eso, entonces su pérdida no deberá ser nunca mirada como una fatalidad.

Pero la libertad de Cuba y Filipinas, como todo lo que se realiza en armonía con los grandes principios de justicia y equidad, ha resultado un bien para todos; para sus habitantes, porque han logrado verse libres de la denigrante dominación extranjera, cosa depresiva y humillante que ningún pueblo culto debe tolerar; para los trabajadores de la Península, porque ya no tendrán que pasar por el intenso dolor de ver partir a sus desgraciados hijos para esos lejanos países, en donde muchos perdían la salud y un número considerable la vida; y para los mismos causantes del mal, porque, no estando esas islas ya a su alcance, tendrán por fuerza que ser menos malvados y menos perversos de lo que han sido hasta el presente, con lo cual queda demostrada la verdad de nuestra afirmación.

Resta un punto por tratar, sobre el cual los partidarios del pasado pretenden levantar una barrera que nos detenga en nuestro camino y al que dan una importancia excepcional: la grandeza de la nación. Partiendo de la base falsa de que la importancia de los pueblos ha de medirse por kilómetros cuadrados y no por la cultura e ilustración de sus habitantes, proclaman nuestra decadencia, vecina de próxima ruina, como consecuencia lógica, fatal e inevitable de la desmembración del territorio. Pero, los que así discurren, olvidan que los hechos, con fuerza abrumadora, vienen a comprobar lo contrario. ¿No venció el pequeño Japón a la mayor nación del mundo, a la colosal China? ¿Cambiaría un belga su nacionalidad por la de un ruso? ¿Se cree, por ventura, Suiza inferior a Turquía, o Portugal y Holanda menos importantes que Marruecos? De ninguna manera.

Y en cuanto a las colonias, diremos, para terminar, que su posesión tiene que ser, como todo lo fundado en la violencia, necesariamente pasajera. Si el gran imperio británico, que rápidamente marcha hacia la confederación, no hubiera, con el talento práctico que distingue a sus habitantes, dado poco menos que la independencia a sus colonias de América y Oceanía, el Canadá y Australia ha tiempo que la tendrían ya por completo. Dejémonos, pues, de llorar grandezas imaginarias y desdichas ilusorias, y para evitar en el porvenir lo que ha sido posible en el pasado, procuremos hacer que el pueblo abra sus ojos a la luz y comprendiendo que él es, en último término, el verdadero autor de tantos males, pues sus propios hijos y no los privilegiados son los sostenedores del sistema capitalista, se niegue de una manera firme y resuelta, a seguir pagando esa inicua contribución de sangre, causa de tantas desdichas y manantial inagotable de miseria y ruina.

La cooperación de la mujer en esta empresa sería de mucha importancia: ella podría, al echar su peso en la balanza, decidir en un día de la suerte y de los destinos de la humanidad. Lo que inútilmente ha pedido en todas las lenguas y en todos los ritos, a los seres sobrenaturales, producto de sus infantiles creencias, lo vería en un momento, y como por encanto, realizado, a condición tan sólo de una cosa: querer. De ella depende que el sueño de Tolstoi, de que tan sólo por resistencia pasiva se transformase la sociedad, se convirtiera en hecho, y la deliberación del esclavo moderno se hiciera sin que derramase ni una gota de sangre, ni una lágrima. No facilitando sus hijos a los explotadores, la explotación terminaría.

Recuerdo a este propósito que cuando, casi a diario, las madres de los prisioneros hacían manifestaciones pidiendo al gobiemo que se interesara por su rescate, el gobernador de Madrid, según dijeron entonces los periódicos, las increpó diciendo: “¿Por qué los dejaron ustedes ir?” Palabras que debieran esculpirse en mármoles y bronces, o mejor aún, grabarse en la frente de todas las vírgenes y en el corazón de todas las madres.

Y, sin embargo, aquellas desgraciadas podían haberle contestado al representante de la autoridad: “Si no nos hemos opuesto, como era nuestro deber y como hubiera sido nuestro deseo, a que tal barbaridad se consumara, es porque nuestra educación, nuestras costumbres y nuestras creencias, se han interpuesto entre nuestros hijos y nosotras; no es nuestra, pues, la responsabilidad, sino de una sociedad que, en vez de ilustrar a sus miembros, parece que, al contrario, se complace en tenerlos embrutecidos y esclavizados.” Y todos tendrían razón: él y ellas. La responsabilidad es de todos, es decir, no es de nadie. Siendo, como somos, deterministas convencidos, no podemos juzgar con un criterio al individuo y con otro a la colectividad; si aquél es irresponsable ésta debe serlo también.

Los mercaderes arrojados a latigazos del templo, han vuelto a apoderarse de él; los defensores de la justicia suben hoy al cadalso, como hacen diecinueve siglos, recibiendo la muerte en pago a su amor a la humanidad, gracias a la ignorancia del pueblo.

Pero por lo mismo que nadie es responsable de nada, los que conozcan la verdad deben no perdonar esfuerzo o sacrificio alguno para hacerla llegar hasta el seno de la sociedad, adormecida en los brazos de la superstición, el fanatismo y la ignorancia, trinidad terrible, de donde han emanado cuantos males han afligido y agobian todavía al ser humano.

Hay que trabajar con fe y energía, con entusiasmo y con firmeza, con constancia y valor, hasta conseguir que el pueblo despierte y en vez de ser un instrumento ciego en manos de los explotadores y verdugos, se convierta en un vasta aglomeración de seres conscientes, dispuestos a combatir siempre y en todas partes el error, y a defender y a dar la vida, si es necesario, por el triunfo glorioso de la Justicia y la Verdad.

Grande será nuestra alegría si llegamos hasta la meta de tan hermosas aspiraciones; pero si la suerte determinara lo contrario, si estuviésemos destinados, como tantos otros, a marcar con nuestros huesos el camino que conduce a la humana redención, con la satisfacción que hemos experimentado al aportar nuestro pequeño grano de arena a la obra del bien universal, nos consideraríamos largamente recompensados por el trabajo realizado o el sacrificio hecho, trabajo y sacrificio que, en vez de causarnos dolor, sólo nos ha producido placer, y que, por consiguiente, ni el nombre merecen de tales.

Como decía no ha mucho nuestro compañero Faure, la palabra hablada y escrita son como las hojas y las flores del árbol, cuyo fruto es la acción.

Los padres que se nieguen a entregar a sus hijos en pago de esa contribución brutal, y los jóvenes que, como los de Montpellier en Francia, y los de otras poblaciones, tanto francesas como alemanas, italianas y rusas, que han dado ya los primeros pasos y servido de saludable ejemplo, se resisten a ingresar en el ejército y tener por morada el cuartel, habrán hecho tanto por acelerar el triunfo de la idea como el más elocuente de nuestros oradores o el mayor de nuestros filósofos.

Si las fuerzas de los deheredados resultaran, a causa de tantos siglos, de esclavitud y postración, débiles todavía, para tal empresa, forzoso será que aguardemos a que nuestros hijos concluyan la obra que no hemos sabido o no hemos podido terminar.

Como decía Barcia, “lo que debe arder, arde, lo que debe suceder, sucede, lo que debe pasar, pasa”. Eso es indudable; pero no se opone a que hagamos por nuestra parte todo lo posible porque lo que arda, suceda y pase, sea en bien del pueblo y no en su daño Y como hace notar nuestro gran compañero Kropotkin: “el día que los soldados miraran a la cara a sus jefes, éstos envainarían sus espadas y darían por terminada su misión”.

El enemigo está ya convencido de que su poder termina, y nuestros amigos saben que hoy el triunfo es seguro. La revolución, hecha en la actualidad en las ideas, sólo espera la acción para tomar vida y forma corporal, para estar viva.

IV La iniciativa individual

Muchos aparentan estar dispuestos a hacer algo, si hubiera otros que los acompañaran, y hay quien va más lejos todavía, agregando que no es posible hacer nada mientras todos no se hallen resueltos a realizar algún acto, por pequeño e insignificante que sea. Los que así discurren, olvidando que el individuo es anterior a la sociedad, y que sólo la frecuencia e importancia de la acción individual es lo que puede determinar la colectiva, no ven que no se puede llegar jamás a ésta sin haber pasado antes por la otra. La intensidad de los actos de protesta y la rapidez con que se sucedían, agitando y conmoviendo en todas partes la opinión, eran indicios bien seguros que anunciaban, antes de que estallara la revolución francesa, su próxima e inevitable aparición. Lo mismo sucede en el orden físico. ¿Habéis visto alguna vez realizarse algún cambio atmosférico con el cielo puro y despejado? Primero una nube, en apariencia sin importancia, se presenta sobre el horizonte; otra y otras le siguen; el viento fuerte y cálido que les impulsa anuncia al navegante que se acerca la tempestad, la cual, convertida en ciclón, barre cuanto encuentra a su paso; y mientras el huracán nivelador echa por tierra todo aquello que pretende ser monumental, la chispa eléctrica, secundando su acción, destruye el campanario y quebranta a la iglesia, burlándose del ídolo que está sobre el altar.

Al oír hablar del crecido número de compañeros que algunos optimistas suponen existir en una región o localidad determinada, siempre se me ocurre preguntar: ¿Qué hacen? Nada. Pues entonces seguiremos alejados de la revolución, cuando ella se aproxime, ya lo anuniarán los acontecimientos.

Pini, Ravachol, Caserio, Pallás y todos los que han dado la vida por la idea, son como esas burbujas de aire que, subiendo desde el fondo de la masa líquida y estallando al llegar a la superficie, anuncian que el estado del agua, sometida a la acción del calor, se empieza de un modo sensible a alterar. ¿Aumentan las burbujas? Pues la ebullición se aproxima. ¿No? Pues tenemos todavía que aguardar. Así como el termómetro, el barómetro, el manómetro, el pluviómetro y el taquímetro anuncian diferentes estados y movimientos de la materia, así la importancia, en todos sentidos de la acción individual, da a conocer la situación en que nos hallamos con exactitud admirable. Por eso el héroe de la popular novela de Bellamy (2), que tan gran circulación alcanzó en América, tenía que apelar al hipnotismo y tener por dormitorio un subterráneo, para verse libre del ruido y de la agitación, precursores de la Revolución Social.

Negarse, pues, a seguir soportando por más tiempo imposición tan depresiva, es obrar con arreglo a los principios y acelerar el momento anhelado de la liberación.

Que cada uno cumpla con su deber, aportando su concurso a la obra del bien general, y la acción individual se tornará pronto en colectiva, sin necesidad de concierto ni organización. No quiere esto decir, sin embargo, que se deba sistemáticamente prescindir de agruparse y entenderse en todo aquello que el individuo aislado sea impotente para realizar. Claro es que si en una localidad la idea estuviera tan extendida que todas las familias se negasen a pagar la contribución de sangre, eso sería mucho mejor que si el número de las que adoptaban semejante resolución fuera limitado; pero, aunque no hubiera más que una, ésta, en mi concepto, debería dar el ejemplo, aceptando con noble ardimiento todos los peligros que vinieran naturalmente aparejados a tal empresa, así como el triunfo y la gloria de su iniciación.

Cuando el 62 entré yo en quinta, me llamaron repetidas veces al Ayuntamiento, sin resultado alguno, pues había formado el deliberado e inquebrantable propósito de realizar un acto de propaganda (por el hecho al que siempre he tenido gran predilección) contra la contribución referida. Y cuando después supe que había salido soldado, le manifesté a mi padre mi propósito, suplicándole no me liberara; pero él, no comprendiendo, o aparentando no comprender, todo el alcance de la iniciativa individual, y atento sólo al bien del momento, resolvió lo contrario, bastante a pesar mío.

Después de los recientes descalabros, ¿quién dudará que esos numerosos ejércitos permanentes sólo son eficaces contra el pueblo mismo, mar de cuyo seno han emergido y en cuyas aguas, más tarde o más temprano, han de venirse al fin a sumergirse? Sobre esto, radicales, socialistas y anarquistas, todos estamos conformes, existiendo entre todas las fracciones una rara unanimidad. El terreno está, pues, abonado, y preparado para la acción; y los que den el primer paso han de tener en su favor la fuerza potente e incontrastable de la opinión pública. Hasta los más timidos e irresolutos, aun aquellos que tienen miedo de decir lo que piensan, aplaudirán en su fuero interno la audacia y la energía de los que primero rompan el hielo y ataquen en su base la fortaleza que sirve de escudo al enemigo implacable del obrero, al dios de los explotadores y tiranos, a la causa de todo mal y al origen de todo dolor, en una palabra: al capital.

Se dirá que somos cobardes; que preferimos vivir a desaparecer; y que, el temor a la muerte, natural en el hombre y en el bruto, nos retiene ligados de pies y manos en poder de nuestros adversarios, a disposición de nuestros verdugos. Lo cual es indudable, y no pretendemos negar que es, hasta cierto punto, la verdad. Pero, ¿no dice nada en contra suya el número, siempre en aumento, de personas de ambos sexos y de todas las edades que buscan en la muerte la liberación y el remedio supremo de sus males? No hace mucho leí que, en un sólo día, se habían suicidiado en Londres quince personas: apenas pasa uno sin que en las grandes capitales se registren dos o tres casos; pero la influencia de la nueva idea aún no han alcanzado la corriente del suicidio; cuando llegue a ella, veremos operarse una transformación gigante y colosal que conmoverá los cimientos de la sociedad misma.

El suicida, en vez de buscar los lugares más solitarios y sombríos, o encerrarse en su habitación, como hoy sucede, para poner fin a su existencia, elegirá el seno de la sociedad capitalista; y en medio de la orgía y del festín de los privilegiados; allí donde éstos se entregan a sus goces y a sus placeres, indiferentes al dolor ajeno, hará vibrar la nota lúgubre, recordando a aquellos insensatos que están cometiendo un crimen de lesa humanidad, y que esas riquezas que tan locamente disipan con tan ostentosa prodigalidad, están amasadas con el sudor y la sangre de los infelices productores y regadas también con sus lágrimas.

Que esto no sólo puede y deba ocurrir dado el estado de la sociedad, sino que, aquí y allí ya ha sido causa de tragedias terribles, no es un secreto para nadie. Al trabajar, por consiguiente, porque con motivo de la contribución de sangre, la cuestión social se plantee, si tenemos en primer término el interés del obrero, del esclavo del salario a la vista, abrigamos al mismo tiempo la firme creencia y la profunda convicción de que, el cambio, ha de ser útil y provechoso para todos. ¿Acaso no se ven entre los que parecen haber resuelto el problema de la felicidad, cosas que horrorizan? Los hijos que desean la muerte de sus padres, ¿no son moneda corriente, tratándose de la alta burguesía? Hermanos que pleitean con hermanos y hasta hijos que hacen lo mismo con sus madres, se encuentran en esta sociedad a cada paso.

A todos por igual alcanzará la redención, porque todos la necesitan; desde la infeliz obrera que contrae la tisis algodonera, encerrada entre los muros de las grandes fábricas, hasta esas desgraciadas a quienes el dinero las ha hecho caer en el lazo tendido por el egoísmo y la ambición, y que, cual la luciérnaga, al brillo de su luz han debido su eterna desgracia y su ruina, viendose condenadas a vivir con un miserable que, aparentando querer conquistar su corazón, sólo acudía atraído por el oro. O esas criaturas infelices, que por librar a los suyos de la miseria negra se han sacrificado, con verdadero heroísmo, entregando su cuerpo al mejor postor, como se vende la res en el mercado, y renunciando para siempre a las satisfacciones y goces naturales.

Así como en los parajes húmedos y sombríos se desarrollan y propagan los microbios del tétano y de otras muchas enfermedades, a la sombra maléfica del sistema capitalista nacen y crecen las más bajas y ruines pasiones, y los más groseros y despreciables sentimientos. Ante la idea del acrecentar el capital y de aumentar las fuentes de su ingreso, todas las demás palidecen y pierden importancia.

Muere un médico de alguna reputación y de una regular clientela; pues hasta sus mismos condiscípulos y amigos de la infancia, que parece natural debieran sentir y deplorar su pérdida, tienen, a pesar suyo, que alegrarse al pensar que, de esa herencia de enfermos que aquél lega sin poderlo evitar a la clase, es más que probable le venga a tocar una parte. Y otro tanto puede decirse del comerciante, del industrial y del banquero. La muerte del general es recibida con júbilo por los coroneles, la del obispo por los canónigos, la del magistrado por los jueces, y hasta la del verdugo causa satisfacción y regocijo entre aquellos que humildemente aspiran a ocupar tan elevado puesto.¡Hasta tal punto la lucha incesante y encarnizada entre el estómago y el corazón nos ha corrompido y degradado a todos: a todos, sí, porque no hay nadie que pueda tirar la primera piedra; ninguno que en absoluto esté en condiciones de decir que se halla verdaderamente libre del mal! Siendo la causa de índole social, natural es que las consecuencias lo sean también. Lo contrario estaría reñido con la lógica y con el sentido común, sería inconcebible y absurdo, inexplicable e irracional.

En apoyo de lo manifestado citaré un caso que, aunque en el fondo no tiene nada de original, por los detalles hizo que se fijara la atención en él.

Un amigo mío, hijo único de un título que se hallaba en una posición regular, no tenía más vicios que el tabaco, el juego y la bebida; pero tan profundamente arraigados, que mientras el primero, ayudado por los segundos, le hacía contraer una afección pulmonar, que en plazo no lejano había de poner fin a su existencia, los otros dos lo quebrantaron tanto moralmente, que su padre lo echó de su casa, diciéndole que no se acordara más de él.

Del juego es posible curarse, y tal vez mi amigo lo hubiera conseguido, a no ser por los funestos efectos del alcohol que, atacando el cerebro y debilitando sus facultades intelectuales, hacía imposible la esperanza de salvación. Ya en la pendiente, y sin nada que pudiera contenerlo ni atenuar en parte la caída, caminaba con rapidez asombrosa hacia un desenlace fatal. Como su situación económica era cada vez más deplorable, agotadas las fuentes del crédito, apeló al extraordinario y repugnante recurso de firmar documentos pagaderos a la muerte de su padre, recibiendo cantidades relativamente insignificantes, por las que había de abonar sumas enormes; y como los usureros, que entienden poco de patología, no veían que aquella vida se apagaba, y el negocio les parecía excelente, no dejaban de proporcionarle recursos en las leoninas condiciones mencionadas. Pero llegó un día en que su existencia, que el desequilibrio social había conducido a la desgracia por el camino que para las gentes superficiales debe terminar en la felicidad, se extinguió por completo, con aterradas sorpresas para los inhumanos vampiros que no podían explicarse cómo un hijo, que tantos pagarés había firmado y cuya futura fortuna ya ellos se habían distribuido, bajara a la tumba antes que su padre.

La presencia de aquellos buitres en el entierro de esa pobre víctima de la desigualdad, imprimió al fúnebre acto un carácter acentuadamente cómico y como en Cádiz no escasean las gentes de buen humor, las puyas y las indirectas que llovían sobre los usureros despertaban la hilaridad, convirtiendo el sepelio en comedia macabra.

Pero si se descarta el asqueroso detalle da la usura, ¿a cuántos no ha alcanzado o le espera igual fin en esa sociedad corrompida?

¿Habrá quien dude todavía respecto a la necesidad imperiosa de un cambio que ha de ser beneficioso para todos? No es posible creerlo.

Lo que acabo de referir, trae a mi memoria otro recuerdo que he de dar a conocer, y que, por ser de índole diametralmente opuesto, puede servir de pendant al anterior. Él da, aunque débilmente, una ligera idea de lo que puede ser la sociedad regida por el principio comunista, bajo cuya benéfica acción todas las rivalidades se extinguen, todos los odios se concluyen, todas las asperezas se suavizan y todos los antagonismos desaparecen. Un ejemplo de comunismo anárquico en un presidio no es cosa que ocurre todos los días, y por su originalidad inesperada es por lo que lo voy a relatar. El otro hizo ver hasta qué punto la lucha de uno contra todos y de todos contra uno, lema del principio capitalista, puede causar la infelicidad y aun la muerte de los mismos privilegiados; éste demostrará que aun entre las personas desprovistas de ilustración y de cultura, la solidaridad y la armonía de intereses, que el comunismo trae consigo, justifica los caracteres y nos dispone a todos para la práctica del bien.

Como en aquella época (marzo del 82) sobraba siempre rancho en el Peñón, compró el gobernador, con un dinero ganado por los presos en la descarga, una ternenerita primero, que se cebó rápidamente, y una vaca después, la cual se hallaba tan demacrada, pobre y flaca que apenas podía tenerse en pie, y parecía enferma y próxima a expirar; pero la gente del campo dijo que estaba buena y que lo que tenía era hambre; y, efectivamente, como las reses de los moros son muy mansas, pues generalmente se crían en las casas entre la familia, el animal andaba por el patio como un perro, acercándose a todo el que comía, solicitando un pedazo de pan, y mientras que a las gallinas las despedían algunos con cajas destempladas, diciéndoles: “Id y que el amo os dé de comer”, a la vaca, que no tenía dueño, porque era de todos, se le mostraba una marcada predilección.

Los inteligentes acertaron: la salud del animal no dejaba nada que desear, y en pocos días cambió de aspecto y se empezó a regenerar y robustecer. Pero una tarde estalló una violenta tempestad, y una torrencial lluvia estuvo cayendo toda la noche. El patio del presidio no ofrecía resguardo alguno, y como la vaca aún estaba endeble, aquella noche de agua y viento le causó un efecto deplorable, poniendo en peligro su existencia. Uno de los primeros que bajaron al patio al día siguiente, viéndola temblar, presa de un frío intenso, causado indudablemente por la fiebre, corrió al dormitorio, y cogiendo su manta, sin pensar si le haría falta aquella noche, voló a cubrir con ella a la enferma, en torno de la cual se habían agrupado casi todos los pastores y hombres de campo, que no eran muchos, pues el total de los presos no pasábamos de ochenta. No todas las opiniones estaban conformes rcspecto a la índole de la enfermedad, y al preguntar yo a los que parecían más inteligentes en la materia lo que juzgaban más oportuno que se hiciera, dijo uno: “Que llamen al tío Juan.” Y aún no había acabado de pronunciar estas palabras, cuando un muchacho se destacó del grupo, volviendo al poco rato acompañado de un viejecito, a quien todos miraron con respeto y escucharon con atención. ëste, después de reconocer detenidamente a la pobre bestia, diagnosticó la enfermedad de pulmonía, y dispuso en su consecuencia, el tratamiento que, seguido al pie de la letra y secundado por los cuidados y el interés de que era objeto el animal, vino a confirmar el pronóstico, y a los pocos días todo peligro había desaparecido y la vaca volvía a reponerse y engordar de nuevo. Si hubiera tenido dueño, todos, a excepción de él, o al menos la mayoría, la mirara con indiferencia y desprecio; pero como no lo tenía, y era, en cambio, de la colectividad, en vez de una sola persona, fueron todas las del penal las que se tomaron un vivo interés por la res y cooperaron a su restablecimiento. No habiendo autoridad a quien obedecer, las indicaciones de la experiencia y el saber fueron escuchadas y llevadas a la práctica al momento; la armonía entre todos los interesados en la empresa no se turbó jamás y ese pequeño ejemplo práctico de comunismo anarquista nos hizo ver, con gran elocuencia, lo que de tales principios puede y debe esperar la sociedad el día, no lejano, en que le sea posible ponerlos en acción.

Los anteriores y convicentes ejemplos demuestran hasta la saciedad que, en tanto que en el régimen capitalista ni aun los privilegiados pueden sustraerse a su influjo funesto, en el comunismo sucede al revés, llegando hasta a los animales su redentora luz.

Si alguno creyera que todo esto nada tiene que ver con la contribución de sangre, se equivocaría por completo; pues cuanto tienda a demostrar la superioridad del comunismo sobre el sistema contrario, al aumentar el número de los enemigos del régimen burgués, les dará más confianza en sí mismos, más valor y más energía, concluyendo por hacer práctico y posible lo que de otra suerte se hubiera tardado mucho más tiempo en realizar.

Antes de dar por terminado este trabajo, que si no merece tal nombre por su valor, le corresponde, sin embargo, por el que a mí me cuesta el hacerlo, he de decir, aunque no sea más que dos palabras sobre un punto que considero de bastante interés y sobre el cual hay, generalmente, prejuicios persistentes y erróneas ideas. Me refiero a la supuesta tendencia al mal de la naturaleza humana. No negaré que en la manera instructiva con que el niño persigue a la mariposa en su bobo deseo de apoderarse de todos los organismos inferiores que le rodean, se nota claramente la fuerza de la herencia y el lazo que nos une con nuestros antepasados los demás animales, entre los cuales se encuentra nuestra humilde cuna, según ha demostrado la antropología echando por tierra las ridículas historias referentes a nuestro decantado origen sobrenatural, que, no hallando en la ciencia ninguna seria refutación hasta este siglo, ha venido siendo durante una larga serie de ellos valladar contra el que se estrellaban los amigos de la verdad y los partidarios del proceso humano. Al inmortal Lamarck, que el año 1800 encendió esa gran luz que se llama transformismo, corresponde la gloria y el honor de obra tan colosal, grandiosa y gigantesca.

Pero si eso se observa en la infancia, no es menos evidente que el apoyo mutuo que en tan alta escala se encuentra ya desarrollado en los animales, como lo ha demostrado nuestro ilustrado compañero Kropotkin en trabajos interesantísimos, nos predispone y prepara fuertemente y de modo efectivo para la práctica de la solidaridad, hacia la que todo adulto de mediano desarrollo intelectual se encuentra fuertemente atraído, y que llevaría a efecto sin vacilar si la organización social presente, basada en el falso principio individualista, no fuera un obstáculo insuperable que, en la mayoría de los casos, dificultara su ejecución. Y tan verdad es lo que digo, que hasta en las circunstancias más desfavorables, aun en las condiciones más críticas, ella se revela, iluminando nuestro camino, ahuyentando las sombras y anunciando un porvenir mejor. ¿Qué son el budismo y el cristianismo su imitador, sino la exaltación de este principio, por el cual tantos mártires han sucumbido y tantos héroes se han sacrificado?

Conocí en el presidio de Ceuta a un hombre de color llamado Laso, persona ya de edad que, después de haber pasado la mayor parte de su vida en la esclavitud, se hallaba en la prisión por haberse puesto de parte de los que proclamaban la independencia y le habían devuelto la libertad, por irse con los cubanos, en armas contra la dominación extranjera, por colocarse al lado de la justicia y enfrente de la iniquidad. Sus cabellos, que ya empezaban a blanquear, su mirada inteligente y bondadosa y su dulce y reposada palabra hacían en extremo simpática aquella víctima del egoísmo y la barbarie. Hecho prisionero en las primeros días de la campaña, pasó de esclavo a presidiario sin haber apenas conocido la libertad. Su salud, hasta entonces robusta, empezó a resentirse, y una afección intestinal que se había hecho crónica y le abandonaba al parecer a veces, sin retirarse nunca por completo, iba minando poco a poco su complexión de una fortaleza admirable. Los deportados, desde la Península, remitían 125 pesetas mensuales que se empleaban en mejorar el rancho de sus hermanos presos, y, de cuando en cuando, hacían remesas de ropa, casi todas de buen uso, que se distribuían entre los más necesitados. Pero llegaron poco antes del Zanjón (3) unos 200 prisioneros de guerra, siendo los primeros cubanos venidos en concepto de tales, y aunque tenían el haber de soldado y debían comer mejor que los confinados, como del debe al haber siempre hay diferencia, ésta se dejó sentir tanto, que la alimentación de aquéllos se reducía a un poco de arroz cocido con agua. Se hallaba entre los recién llegados un hombre de sospechosos antecedentes, a quien los más miraban con recelo, diciendo que había sido un confidente y que sin duda por error lo incluyeron con los demás, el cual padecía mucho del estómago y, careciendo de recursos, había pretendido inútilmente de varios de los antiguos, que cambiaran su rancho por el suyo; pero llegó el moreno Laso, (y lo llamó así para que no se confunda con mi compañero y amigo Pablo Pérez de Laso, que como el primero, también se encontraba con cadena perpetua en presidio por haber querido para España lo que aquél deseaba para Cuba, independencia y libertad), y éste, sin tener para nada en cuenta los antecedentes del que le pedía aquel favor, sin pensar lo que a su salud pudiera perjudicarle ni el riesgo que corría, padeciendo una enfermedad casi tan grave como la del otro, y dominando sobre toda otra consideración en su carácter noble y generoso el deseo de prestar un servicio al infeliz que se lo demandaba, accedió desde luego, salvando de la muerte a aquel desgraciado a costa de su vida; porque a los pocos días cayó con un ataque terrible, del que no debía reponerse más. Al bajar para el hospital se despidió de todos con la tranquilidad del justo y la resignación del mártir; y a los que con tristeza nos lamentábamos de lo ocurrido, y dulcemente le reprendíamos por lo que había hecho, nos contestaba con una sonrisa de suprema bondad. Así concluyó aquel hombre bueno que tantos agravios había recibido de la humanidad, por la que, sin embargo, sacrificaba la existencia. Aquel héroe glorioso de color, que se inmolaba por un hombre de diferente raza y hasta de distintas ideas, pues se decía había luchado contra el ejército libertador, venía a afirmar el gran principio de la unidad y solidaridad humana. Para darle todo, no miró el color de la piel ni apreció la diversidad en las ideas; sólo vio en él un semejante, y esto fue suficiente. Los que tienen la debilidad de creer que la falta de materia colorante bajo la piel, constituye una superioridad de raza, que se comparen con este negro y digan después lo que piensan.

Entre el hombre de color, Maceo, muerto en defensa de la justicia y el derecho, y los blancos que festejaban su muerte, ¿de parte de quién estaba la barbarie y de quién la civilización?

He aquí otro caso: viviendo yo en un pueblo de la provincia de Orán, próximo a la frontera marroquí llamado Nemours, conocí a una pobre que pedía limosna, casi ciego y con dos criaturas pequeñas: un niño de cinco años y una niña de uno o poco más, que se llamaban Mojammed y Aisa (Benito y Jesusa). Un día, al subir de almorzar del único restaurante que había en la población, la encontré que iba en dirección a un mercado que una vez por semana se celebraba en las afueras, ante el cual tenía yo que pasar para ir a ver a un amigo en un chantier de esparto, situado no lejos de dicho lugar. Al volver por el mismo camino, vi que la argelina salía del mercado y tomaba la dirección del pueblo. Entonces presencié un espectáculo que, a pesar del tiempo transcurrido, me parece que estoy contemplando en este momento: ¡de tal modo quedó impreso en mi imaginación! Cada niño iba comiendo una gran zanahoria, que la pequeña apenas podía sujetar con ambas manos, por lo que marchaba con lentitud, y yo, sin saber por qué, contuve igualmente el paso, tal vez pensando en la desgraciada suerte de aquella infeliz familia, cuando observé que a nuestra derecha, y sentada en una piedra al borde de la carretera, se hallaba una mujer con su hijo, tendido sobre sus rodillas, el cual era tan crecido que llegaba con los pies al suelo, y ambos recordaban al grupo de la madre hebrea con el hijo muerto colocado en la misma posición, que con tanta frecuencia se encuentra pintado o esculpido en los templos católicos. La demacración de los dos era espantosa, pero la del muchacho pasaba ya los límites de lo natural: bajo aquella piel, ya arrugada y marchita, los huesos pugnaban por querer salir de su prisión y abrirse camino por todas partes. La negra miseria que en Europa ocultan los andrajos, allí se presentaba, a la luz del día, en toda su horrible y gigantesca deformidad. La otra, impresionada como yo, ante aquel cuadro, se detuvo, y las dos mujeres se contemplaron un momento. La menos infortunado sacó del pecho la zanahoria que debía constituir para aquel día, probablemente, todo su alimento, y se la díó a la que consideró más desgraciada que ella todavía, continuando después tranquilamente la marcha, interrumpida por un breve instante. Y cuando algunas horas después me dirigía, como de costumbre, a la playa para tomar un baño, al pasar por el lugar donde se arrojaba la basura, la encontré, una vez más, comiendo unas cáscaras de fruta y desperdicios de patatas, que iba recogiendo del suelo, mientras las criaturas jugaban con unas piedrecitas bajo los rayos paternales de un sol africano que para una persona no habituada a él pudiera haber sido causa de congestión y muerte, pero que para ellos, acostumbrados a su influjo y ardor, era manantial fecundo de salud y de vida. ¡Entonces comprendí la delicadeza de sentimientos y la bondad suprema y exquisita de aquella heroica y sublime mujer, que había dado a otra, aun más infeliz todavía, lo único con que contaba para comer, viniendo después a apagar el hambre con lo que no habían podido consumir los perros! En las naciones europeas podrán encontrarse personas -y las hay indudablemente, puesto que han dado su vida por nosotros- tan amantes de la humanidad y tan penetradas de amor hacia sus semejantes como esta desventurada africana, pero más no es posible; no se concibe haya quien lleve más lejos el altruismo y la abnegación. En tanto que yo absorto la miraba, me parecía que los guijarros sobre que caminaba se convertían en piedras preciosas y que su tostado rostro adquiría una hermosura y un encanto sobrenatural.

Y bien, si aun en el seno de esta sociedad envilecida se encuentran seres como el americano y la africana de quien acabo de ocuparme, ¿podrá decirse con razón que la humanidad por naturaleza es mala y que todos, en mayor o menor escala, nos hallamos inclinados a la maldad? Lo contrario es lo verdadero. En el mismo pueblo de Nemours hay (o por lo menos existía entonces) la bárbara costumbre de prender a todos los pobres que vienen de Marruecos, y cuando la cárcel está llena de niños, ancianos, ciegos, mancos, cojos e inútiles de todas las clases, los sacan, como a un rebaño humano, y conducidos por cuatro o seis soldados indígenas, que a caballo y con largas varas hacen las veces de pastores, los llevan hasta la frontera, que se halla a unas siete leguas de allí, dejándolos abandonados. Algunos, sin embargo volvían para ser expulsados de nuevo; otros trataban de dirigirse a un país más hospitalario, y los más débiles y extenuados se morían por los caminos. Lamentándose un zapatero hebreo, amigo mío, con un soldado árabe de tal iniquidad, al preguntarle si no le daba lástima de aquellos desgraciados, éste le respondió: “¡No me ha de dar! ¡Se me parte el corazón al ejecutar semejante infamia; pero ¿qué he de hacer? si me niego a ello me despedirán esos perros y vendré a convertirme en un pobre más para ser arrojado a mi vez!”

¡Cuántas veces, antes y después, he oído hacer uso de ese mismo lenguaje a los que en campos y fábricas, cuarteles y prisiones, se convierten, al parecer voluntariamente, en verdugos de sus hermanos!

En un orden social basado en la injusticia y la desigualdad nadie debe ser feliz, y ninguno lo es, en efecto. La Revolución vendrá a distribuir el bien, la paz y la armonía entre los habitantes de la tierra, sin tener para nada en cuenta las diferencias de color y raza, y a hacer que la fraternidad convierta en una familia a todos los hombres y forme una sola nación de todos los pueblos.

De nosotros, y sólo de nosotros depende que esto se efectúe al presente o se reserve al porvenir.

 

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