Migraciones, agro, tercer cercamiento capitalista y el procomún (II)

Publicado originalmente en Sursiendo Blog

Sursiendo hilos sueltos

Segunda y última parte de una reflexión que busca hacer una aproximación a la relación existente entre los sucesivos cercamientos de los bienes comunes y las migraciones poblacionales. Si te perdiste cómo empezaba, puedes verlo aquí.

 

El proceso que David Harvey llamó de acumulaciópor desposesión se vio profundizado con la caída de los salarios producidas en la década del setenta. Desde entonces, las tasas de ganancia obtenidas por el capital han ido avanzando sobre cada aspecto de nuestras vidas: las personas solo somos recursos humanos, en la naturaleza abundan los recursos naturales, las artes se han transformado en recursos estilísticos e intelectuales, la economía en recursos financieros… Estos progresos llevan implícitos la privatización de los bienes comunes y de ese modo se aumenta la distribución desigual de las riquezas y disminuyen las capacidades comunitarias de convivencia.

Como afirma Meillassoux, “el mecanismo de las migraciones temporarias funciona tanto en el interior de un mismo país, entre zonas rurales y zonas urbanizadas, como en escala internacional entre los países fundamentalmente rurales y los países industrializados” al tiempo que “es necesario preservar, por medios legales y represivos, un lugar donde la fuerza de trabajo pueda reproducirse por sí misma, pero en el nivel estricto de la subsistencia.” Así en México, mientras que por un lado se dicen aceptar los procesos comunitarios, existen diversos mecanismos de presión hacia esas poblaciones que van desde programas de gobierno -a cambio de favores- hasta hostigamientos continuos. En la actualidad es muy común que las poblaciones en resistencia a proyectos de la llamada “economía verde” sean criminalizadas y reprimidas con el afán de permitir que empresas trasnacionales hagan sus negocios dentro de esos territorios comunales. Para muchos académicos y movimientos sociales estas formas se enmarcan dentro de un nuevo colonialismo que solo quiere seguir acumulando riqueza en unas pocas manos. Mientras, el objetivo del gobierno mexicano (sea cual sea su color) parece acomodarse tranquilamente a la lógica de los monocultivos y ganadería extensivos, la construcción de grandes presas o las actividades extractivas de minerales. Todas ellas, acciones que se contradicen con los principios de armonía que muchas de las poblaciones indígenas que habitan esas tierras quieren perpetuar. “Estamos en contra del desarrollo porque es lineal y ascendente. Nosotros somos circulares, no somos el centro, no somos dueños de la naturaleza, ella es dueña de nosotros. La comunalidad, más que un concepto, es una forma de vida que se fundamenta en la asamblea, los cargos de representación, las festividades, el tequio y la colectividad. Es un conocimiento desde dentro, que nace de la observación de lo que hacemos cotidianamente”, resume Jaime Martínez Luna, indígena zapoteco de Guelatao.

Por otro lado estas nuevas-viejas formas de hacer no sólo están intentando mantenerse vivas en los territorios del Buen Vivir. Las teorías del centro y la periferia se aplican también para el norte industrializado. La actual crisis del sistema capitalista ha llevado a implementar en Europa, en apenas unos pocos años, las políticas neoliberales que en América Latina se fueron dando a lo largo de las décadas del ochenta y el noventa, haciendo más evidente así sus consecuentes problemáticas. Frente a esto vemos cómo, cada vez con más asiduidad, en diversos sectores de Europa se vuelven a retomar nociones de trabajo comunitario y colectivo.

El neorruralismo puede ser una expresión de ello. Esta pequeña porción de población que decide volver voluntariamente al campo son en su mayoría profesionales que buscan crear sistemas de vida que les permitan vivir de una forma alternativa. Es posible encontrar expresiones de ello en Francia, Alemania o Estados Unidos. Muchos se organizan en cooperativas y asociaciones autogestionadas, conviven con las poblaciones locales y respetan el ambiente.“Así pues, el ‘neocampesino’ o el ‘neoartesano’ no vende su fuerza de trabajo por un salario como lo haría el obrero industrial, sino que siembra y cosecha para él mismo, su familia y vecinos formándose un vínculo solidario entre los miembros de la comunidad por el que se fortalecen las relaciones humanas y la libertad salarial, conceptos tan empobrecidos en la sociedad industrial.” Estas formas compartidas de hacer pueden resultar tan anormales que en 2008 la pequeña aldea de Tarnac, en Francia, nueve neorruralistas fueron acusados de terroristas por las autoridades nacionales.

Uno de los proyectos colectivos que más trascendencia ha tenido para la propia comunidad fueron los kibutz. Estas comunas voluntarias basadas en la trabajo agrícola nacieron a comienzos del siglo pasado en tierras del por entonces Imperio Otomano. Fueron creados e inspirados por el sionismo socialista y desarrollaron un modo de vida comunal que asume responsabilidad por las necesidades de sus miembros a lo largo de sus vidas. Sus postulados básicos fueron la propiedad conjunta de los bienes, la igualdad y la cooperación en la producción y decidían por democracia directa. Nacieron con ideales socialistas bajo el lema “cada uno da conforme a sus posibilidades, cada uno recibe conforme a sus necesidades”, eran laicos y tenían el objetivo de volver a la tierra como medio de subsistencia. En esa época, muchos de estxs sionistas de izquierda rechazaban la idea de establecer un estado-nación judío y promovían la solidaridad judeo-árabe. Sin embargo esos ideales fundacionales se están extinguiendo  a la vez que la historia que más se recuerda de estas comunas remite al papel central que tuvieron en la construcción del Estado de Israel y el diseño de sus fronteras, incluyendo claro, la ocupación de tierras palestinas.

En España, donde todavía existen tierras comunales de labranza, la situación se muestra algo diferente. En Galicia, por ejemplo, en el s. XVIII entre 3/4 y 2/3 partes del total, eran montes vecinales en mano común, actualmente solo 1/5 del territorio está clasificado como monte vecinal en mano común. A esto se suma un anteproyecto de ley aprobado por el actual gobierno español por el que dejarán de reconocerse las juntas vecinales. De este modo la vida colectiva de esos pueblos que aún se mantenía con esta lógica desde hace siglos tendería a desaparecer. “Con esta ley, un inmenso pedazo de España va a ser arrancado a sus propietarios, sin justificación, a la vez que se anulan instituciones con más de 2.000 años de funcionamiento, en lo que se perfila como el mayor robo del siglo XXI.”

Mientras, en otros territorios estos ejemplos de trabajo colectivo se obstinan en nacer una y otra vez. LaXarxa Llauradora de les Comarques Centrals es una plataforma abierta creada por agricultores vocacionales que defienden y viven un modelo de agricultura local y trabajo colectivo y cooperativo.

Vemos así como a lo largo de la historia han habido muchos casos de experiencias de trabajo colectivo de la tierra. Algunos de inspiración religiosa, como el de los menonitas, otros basados en usos y costumbres, como lo muestran la historia de muchas comunidades indígenas alrededor del mundo. Sea como sea, en una economía tan petroadicta como la nuestra, sustentada en un sistema de valores cada vez menos humano, estas formas de construcción colectiva y colaborativa que han permitido que la humanidad se reproduzca por siglos, se muestran no solo necesarias sino que también vigentes.

La crisis actual que vive el campo, no es una crisis aislada, es una expresión más de las sucesivas crisis sistémicas. Sin embargo, esta vida en el campo, tan desacreditada y denostada está siendo poco a poco nuevamente revalorizada por expresiones como el Buen Vivir y los movimientos rurales que buscan rescatar sus propias formas tradicionales para recrearse de acuerdo a los tiempos actuales. Cabe preguntarse, llegado el momento tan temido del final de una época “¿qué comeremos sin la industria alimentaria? Suficientes, variados, frescos y sanos alimentos que las redes y cooperativas sin lucro proveerán de pequeñas campesinas y campesinos.” Nosotrxs, una vez más, elegimos creer en los presagios de Gustavo Duch.

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@SurSiendo

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