[Mijail Bakunin] Tácticas Revolucionarias I

Capítulo 1 – Racionalidad de las Tácticas Revolucionarias

La racionalidad histórico-económica. Admito que el orden actual, tanto el político como el civil y el social existentes en cada país, es el resumen final o el resultado del choque, de la lucha, del triunfo y de la aniquilación mutua, como así también de la combinación e interacción de todas las fuerzas heterogéneas, tanto internas como externar, que operan en un país y actúan sobre él. ¿Qué se deduce de esto? En primer lugar, que es posible un cambio del orden dominante y que tal cambio sólo puede darse como resultado de la modificación del equilibrio de fuerzas que actúan en una sociedad.

A fin de resolver cómo el equilibrio existente de las fuerzas sociales fue modificado en le pasado y cómo puede ser modificado en el presente -lo que constituye un importante problema-  debemos examinar más de cerca la naturaleza esencial de esas fuerzas.

Tal como ocurre en el mundo orgánico e inorgánico, donde todo lo que vive o simplemente existe -en sentido mecánico, físico o químico- influye su entorno en alguna medida, en la sociedad humana hasta el ser más humilde encarna una pequeña parte de la fuerza social. Por cierto que esta fuerza, tomaba aisladamente o en comparación con la inmensa totalidad de las fuerzas sociales, resulta insignificante y su efecto es casi nulo. Es decir, si yo solo, sin ayuda, tratara de cambiar el orden existente, únicamente porque no me satisface -y sólo a mí no satisface-, demostraría ser un tonto detestable y nada más que eso.

Sin embargo, si tuviéramos diez, veinte o treinta personas que persiguen la misma meta, eso sería algo más serio, aunque todavía tristemente inadecuado, a menos que la meta final fuera trivial e insignificante. Los esfuerzos combinados de unas pocas decenas de personas deben ser tomados mucho más seriamente que los de una sola persona, no solamente porque su número sea mayor -en una sociedad de muchos millones la suma de unas pocas decenas de unidades es casi nula comparada con la totalidad de las fuerzas sociales- sino porque allí donde unas pocas decenas de individuos unen sus esfuerzos para lograr un objetivo común nace una nueva fuerza que excede en mucho la simple suma de sus esfuerzos individuales aislados.

En el campo de la economía política, este hecho fue observado por Adam Smith y adscrito a la consecuencia natural de la división del trabajo. Pero en el caso particular que analizamos, no es sólo la división del trabajo la que actúa, la que crea la nueva fuerza, sino -y en una medida aún mayor- es el acuerdo y luego el desenvolvimiento de un plan de acción, seguido invariablemente por la mejor distribución y la combinación calculada o mecánica de las escasas fuerzas disponibles, que el plan antedicho elabora.

Lo cierto es que desde el comienzo de la historia, en todos los países -aun en los más cultos e inteligentes- la suma total de las fuerzas sociales está dividida en dos categorías principales, que difieren esencialmente entre sí y casi siempre se oponen. Una categoría abarca las fuerzas inconscientes, instintivas, tradicionales y, por así decirlo, elementales, las que están escasamente organizadas aunque vivas y en movimiento, mientras que la otra presenta una suma incomparablemente menor de fuerzas conscientes, organizadas, unidas con vistas a un fin y que actúan y se estructuran mecánicamente según un plan dado. La primera categoría abarca varios millones de personas y en muchos sentidos una considerable mayoría de las clases instruidas y privilegiadas e inclusive las capas inferiores de la burocracia y del ejército; la clase gobernante, militar y burocrática, por su naturaleza esencial, las ventajas de su posición y su expeditiva organización, más o menos mecánica, pertenece a la segunda categoría, con el gobierno como centro. En una palabra, la sociedad se halla dividida en una minoría compuesta de explotadores y una mayoría que comprende la inmensa masa popular, explotada con mayor o menor conciencia por los otros.

Por cierto, resulta prácticamente imposible dibujar una línea firme e inflexible que separe un mundo de otro. En la sociedad, como en la naturaleza, las fuerzas más contrarias se tocan en los extremos. Pero podemos decir que entre nosotros, por ejemplo, son los campesinos, la pequeña burguesía y los plebeyos quienes representan a los explotados. Sobre ellos se levantan en el orden jerárquico todos los estratos que a medida que se acercan a la gente común más pertenecen a la categoría de los explotados y menos explotan a los demás e, inversamente, cuanto más se alejan del pueblo, más forman parte de la categoría de los explotadores y menos sufren ellos mismos la explotación.

Las capas sociales que se elevan en escalón por encima del campesinado y de la comunidad son los kulaks de los pueblos y de las corporaciones de comerciantes, que sin duda explotan al pueblo, pero que a su vez son explotados por las que están sobre ellos: los sacerdotes, los nobles y, sobre todo, los funcionarios inferiores y superiores del gobierno. Lo mismo puede decirse de las filas inferiores del clero, duramente explotadas por las superiores, y las de la clase media, eclipsadas por ricos terratenientes y ex comerciantes, por una parte, y por funcionarios públicos y aristócratas, por la otra. La burocracia y el ejército constituyen una extraña mezcla de elementos activos y pasivos en lo que se refiere a la explotación por parte del Estado, existiendo mayor pasividad en las filas inferiores y mayor actividad consciente en las superiores.

En la cima de esta escala se ubica un pequeño grupo que representa a la categoría de los explotadores en su sentido más puro y activo: los altos funcionarios militares, civiles y eclesiásticos y, con ellos, los que ocupan la cúpula del mundo financiero, industrial y comercial, que devoran -con el consentimiento y bajo la protección del Estado- la riqueza, o mejor dicho, la pobreza del pueblo.

Tenemos aquí el panorama real de la distribución de las riquezas sociales en los dominios de Rusia. Vamos a describir la relación numérica entre estas tres categorías. De los setenta millones que constituyen la población de todo el imperio, pertenecen a la categoría inferior o primera categoría no menos de sesenta y siete o sesenta y ocho millones. El número de explotadores conscientes -de puros y simples explotadores- no excede de tres, cuatro o, a lo sumo, diez mil individuos.  Restan, pues, tres o cuatro millones para la categoría intermedia, formada por individuos que son al mismo tiempo explotados y explotadores. Esta categoría puede dividirse en dos sectores: el de la inmensa mayoría, que es explotada en una medida mayor de la que comparten en la explotación de los demás, y el de una minoría que es explotada sólo en pequeño grado y que es más o menos consciente de su propio papel de explotadora. Si agregamos este último sector al de los explotadores de la cúspide, obtendremos alrededor de 200.000 explotadores premeditados y codiciosos sobre 70 millones de habitantes, de manera que la relación es de uno por cada trescientos cincuenta.

El interrogante es ahora éste: ¿Cómo pudo llegar a darse esta monstruosa proporción? ¿Cómo es posible que 200.000 sean capaces de explotar impunemente a 70.000.000? ¿Acaso tienen esas 200.000 personas más fuerza física o inteligencia natural que los otros 70.000.000? Basta haber planeado la pregunta para contestarla negativamente. La fuerza física está por supuesto fuera de cuestión, y en cuanto a inteligencia innata, si tomamos al azar 200.000 personas del estrato inferior y las comparamos con 200.000 explotadores en lo referido a capacidad mental, nos convenceremos de que los primeros poseen mayor inteligencia innata que los últimos, pero éstos tienen una enorme ventaja sobre la masa del pueblo, la ventaja de la educación.

Sí, la educación es una fuerza, y por muy distorsionada, superficial y deficiente que sea la educación de las clases superiores, no hay duda que, unida a otras causas, contribuye poderosamente a conservar el poder en manos de una minoría privilegiada. Pero aquí surge este interrogante: ¿por qué es educada la minoría en tanto que la inmensa mayoría permanece sin educación? ¿Acaso la minoría tiene más capacidad en ese sentido? De nuevo basta plantearse esta pregunta para contestarla negativamente. Existe más capacidad en la masa del pueblo que en la minoría, lo que significa que esta última goza del privilegio de la educación por razones completamente diferentes.

La razón es, por supuesto, por todos conocida: la minoría ha estado desde tiempo atrás en una posición que le permite acceder a la educación y conserva todavía esa posición, mientras que la masa del pueblo no puede lograr ninguna educación; o sea, la minoría ocupa la ventajosa posición de los explotadores mientras que el pueblo es la víctima de su explotación. Esto significa entonces que la actitud de la minoría explotadora con respecto al pueblo explotado ha sido determinada antes del momento en que la minoría comenzó a esforzarse por conservar el poder mediante la educación. ¿Cuál pudo haber sido la base de su poder antes de ese momento? Pudo haber sido solamente el poder del acuerdo.

Todos los Estados, pasados y presentes, tienen como punto de partida constante y principal el acuerdo. En vano se busca esa base principal para la formación de los Estados en la religión. Indudablemente, la religión -es decir, la ignorancia del pueblo, el fanatismo salvaje y la estupidez condicionada por estos factores- contribuyó mucho a formar esa organización sistematizada para la explotación de las masas que es el Estado. Pero a fin de que esa estupidez pudiera ser explotada, fue necesaria la existencia de explotadores que llegaran a un entendimiento mutuo y formaran un Estado.
Tomen cien tontos e invariablemente encontrarán entre ellos unos pocos que sean algo más astutos que el resto, aunque continúen siendo tontos. Por consiguiente, es natural que ésos se conviertan en jefes y que, como tales, probablemente luchen entre sí hasta que lleguen a comprender que de esa manera se destruirían mutuamente sin ninguna ventaja o provecho. Habiendo comprendido esto, comienzan a esforzarse por lograr la unidad. Quizá no se unan completamente, pero se agruparán en dos o tres facciones, mediante otros tantos acuerdos. Luego sobrevendrá una lucha entre estas facciones; cada una usará todos los medios disponibles para poner al pueblo de su lado: demagogia, soborno, engaños y, por supuesto, religión. Allí tenemos el comienzo de la explotación por parte del Estado.

Por último, un partido, basado en el pacto más amplio e inteligente, habiendo vencido a todos los demás, logra el poder exclusivo y crea la ley del Estado. Esa victoria naturalmente atrae hacia el vencedor a varios integrantes del campo de los vencidos, y si el partido victorioso es lo bastante lúcido los acepta de buen grado, demostrando respeto por los miembros más influyentes y fuertes, otorgándoles todo tipo de privilegios según sus cualidades especiales; es decir, los métodos y los medios, adquiridos por hábito o herencia, mediante los cuales explotan más o menos conscientemente a todos los otros; algunos provienen del clero, otros de la nobleza y otros del campo comercial. Así, una vez creados los poderes, surge abiertamente el Estado. Posteriormente, una u otra religión lo explica, sacraliza el hecho de violencia consumado y con ello fundamenta la pretendida razón de Estado.

Una vez lograda la consolidación, los estratos privilegiados continúan desarrollando y fortaleciendo su dominio sobre las masas por medio del crecimiento natural y de la herencia. Los hijos y los nietos de los fundadores de las clases gobernantes se convierten en explotadores cada vez más poderosos, en virtud principalmente de su posición social y no de la existencia de un plan consciente o elaborado. Como resultado de un complot, el poder se concentra más y más en manos de un Estado soberano y la minoría que se ubica junto a él hace de la explotación de las masas -en la medida en que lo hace la gran mayoría de la clase explotadora- su función habitual, tradicional, ritual y aceptada con mayor o menor grado de ingenuidad.

Poco a poco, en medida siempre creciente, la mayoría de los explotadores, por su nacimiento y posición social heredada, comienzan a crecer seriamente en sus derechos innatos e históricos. Y no solamente ellos, sino también las masas explotadas, sometidas a la influencia de los mismos hábitos tradicionales y al perjudicial efecto de malintencionadas doctrinas religiosas, comienzan a creer en los derechos de sus explotadores y verdugos, y continúan creyendo hasta que su capacidad de sufrimiento llega al borde, despertando en ellos una conciencia diferente.

Esta nueva conciencia surge y se desarrolla muy lentamente en las masas. Pueden pasar siglos antes de que comience a agitarse, pero una vez que comienza a hacerlo no existe fuerza capaz de detener su curso. La gran tarea en el arte de gobernar es evitar, o al menos retardar en lo posible, el despertar de la conciencia del pueblo.

La lentitud del desarrollo de la conciencia racional del pueblo tiene dos causas: primero, el pueblo abrumado por el duro trabajo y más aún por las angustiantes preocupaciones de la vida cotidiana, y segundo, su posición política y económica lo condena a la ignorancia. La pobreza, el hambre, la agotadora faena y la opresión continua bastan para quebrar al hombre más fuerte e inteligente. Agréguese a ello la ignorancia y pronto se llegará a admirar a este pobre pueblo que se arregla, si bien lentamente, para avanzar, y no se torna -por el contrario- más torpe año tras año.

El conocimiento es poder, la ignorancia es la causa de la impotencia social. La situación no sería tan mala si todos se hundieran en el mismo nivel de ignorancia. Si así fuera, los dotados de mayor inteligencia serían los más fuertes. Pero considerando la mayor educación de las clases dominantes, el vigor natural de la mente del pueblo pierde significación. ¿Qué es la educación sino el capital mental, la suma del trabajo mental de todas las generaciones del pasado? ¿Cómo puede una mente ignorante, por vigorosa que sea su naturaleza, sostener una lucha contra el poder mental producido durante siglos de desarrollo? Por eso vemos a menudo a hombres inteligentes del pueblo reverenciando sumisamente a tontos educados. Esos tontos los abruman no con su inteligencia sino con el conocimiento adquirido.

Esto, no obstante, sucede únicamente cuando un campesino sagaz enfrenta a un tonto educado con respecto a asuntos que están más allá del alcance de la comprensión del campesino. En su propio dominio, con respecto a temas que le son familiares, el campesino puede ser más que un competidor para una persona común educada. El problema es que debido a la ignorancia de las personas sencillas el alcance de su pensamiento es muy limitado. Son escasos los campesinos cuya visión vaya más allá de su poblado, mientras que el hombre educado más mediocre aprende a abarcar con su mente superficial los intereses y la vida de países enteros. Es la ignorancia principalmente la que impide al pueblo adquirir conciencia de sus intereses comunes y de su inmenso poder numérico. Es la ignorancia la que le impide elaborar una comprensión compartida y formar una organización subversiva contra el robo y la opresión organizados, contra el Estado. Por consiguiente, todo Estado precavido empleará cualquier medio para conservar la ignorancia del pueblo, condición sobre la cual descansan el poder y la existencia misma del Estado.

Así como el Estado el pueblo está condenado a la ignorancia, las clases gobernantes están destinadas, por su posición en él, a llevar adelante la causa de la “civilización del Estado”. Hasta ahora no ha habido otra civilización en la historia que la civilización de la clase gobernante. El verdadero pueblo, el pueblo laborioso, fue sólo la herramienta y la víctima de esa civilización. Su pesado y brutal trabajo creó las condiciones materiales para la cultura social, que a su vez incrementó el poder de dominación de las clases gobernantes, en tanto éstas recompensaban al pueblo con pobreza y esclavitud.
Si la educación clasista continúa progresando mientras las mentes del pueblo permanecen en el mismo estado, la esclavitud se intensificará más con cada nueva generación. Pero afortunadamente no se da ni un avance ininterrumpido por parte de las clases gobernantes ni una inercia absoluta por parte del pueblo. Además, la educación tradicional de la clase gobernante contiene en su médula un gusano, difícilmente advertible al comienzo pero que crece en la medida en que continúa avanzando la civilización, un gusano que carcome sus partes vitales y que, por último, la destruye completamente. Ese gusano no es otra cosa que el privilegio, la falsedad, la explotación y la opresión del pueblo, que constituyen la esencia de la clase gobernante y, por consiguiente, su conciencia.

En el primer período heroico de gobierno llevado a cabo por las clases gobernantes todo esto era escasamente sentido o comprendido. El egoísmo de éstas aparece velado al comienzo de la historia por el heroísmo de individuos que se sacrifican, pero no con vista al beneficio del pueblo sino al beneficio y la gloria de la clase que para ellos constituye todo el pueblo y fuera de la cual sólo ven enemigos o esclavos. Tales fueron los famosos republicanos de Grecia y de Roma. Pero este período heroico pasó fugazmente; fue seguido por un período en el que el privilegio, al aparecer bajo su verdadera forma, originó egoísmo, cobardía, ruindad y estupidez. Y paulatinamente la tenacidad del Estado se convirtió en corrupción e impotencia.

Durante el período de decadencia de las clases gobernantes surge en su seno una minoría menos corrompida: individuos inteligentes, magnánimos y animosos que prefieren la verdad a sus propios intereses y que han llegado a la idea de que los derechos del pueblo son pisoteados por los privilegios clasistas. Esos individuos generalmente comienzan por hacer intentos de despertar la conciencia de la clase a la cual pertenecen por nacimiento. Luego, convencidos de la inutilidad de esos esfuerzos, le dan la espalda, reniegan de ella y se convierten en apóstoles de la emancipación y de la rebelión del pueblo. Tales fueron nuestros decembristas.

Si los decembristas fracasaron, ello se debió a dos causa principales. En primer lugar, eran nobles, lo cual significaba que no tenían mucha interacción con el pueblo y que poco sabían lo que había que hacer. En segundo lugar, y por la misma razón, no pudieron aproximarse al pueblo ni despertar en él la fe y el fervor necesarios, pues les hablaban a las masas en el lenguaje de su clase y no expresaban los pensamientos del pueblo. Sólo hombres del pueblo pueden ser verdaderos dirigentes de la lucha por la emancipación. Pero, ¿pueden surgir esos libertadores del pueblo de las profundidades de la ignorancia?

En la medida en que la inteligencia y el vigor de las clases dominantes se deteriora, continúan aumentando la inteligencia y por tanto el poder del pueblo. En el pueblo, por lento que haya sido su movimiento hacia la liberación, y por más que muchos textos puedan estar fuera de su alcance, el proceso de verdadero avance no se ha detenido jamás. El pueblo tiene dos libros de los cuales aprender: uno es la amarga experiencia de privaciones, opresión, despojo y tormentos infringidos por el gobierno y las clases dominantes; otro es la viviente tradición oral, que se transmite de generación en generación, ampliándose siempre su alcance y volviéndose más racional su contenido. Con la excepción de momentos muy escasos en que el pueblo intervino en una etapa de la historia como actor principal, su papel se ha limitado al de espectador del drama de la historia, y si tomó parte en él, fue en la mayoría de los casos como supernumerario, empleado como instrumento y por coerción.

En las luchas intestinas de las facciones, la ayuda del pueblo siempre ha sido requerida, prometiéndosele toda clase de beneficios como recompensa. Pero, apenas terminada la batalla con la victoria de uno u otro grupo o con la avenencia mutua, las promesas hechas al pueblo fueron olvidadas. Además, es el pueblo quien siempre ha debido pagar las pérdidas provocadas por esos conflictos. La reconciliación o la victoria sólo pueden tener lugar a expensas del pueblo. Y esto no puede haberse dado de otra manera y será siempre así hasta que las condiciones económicas y políticas sufran un cambio radical.

¿En torno de qué giran todas las pendencias de las facciones? En torno de la riqueza y del poder. ¿Y qué son la riqueza y el poder sino dos formas inseparables de la explotación del trabajo del pueblo y de su poder no organizado? Todas las facciones son fuertes y ricas sólo en virtud del poder y la riqueza robados al pueblo. Esto significa que la derrota de cualquiera de ellas es en realidad la derrota de una parte del poder del pueblo; las pérdidas y la ruina material sufridas por él representan la ruina de la riqueza del pueblo.

Empero, el triunfo y el enriquecimiento de la facción victoriosa no solamente fracasa en beneficiar al pueblo, sino que en verdad empeora su situación: primero, porque únicamente el pueblo soporta el peso de esa lucha, y segundo, porque la facción victoriosa, habiendo eliminado a todos los rivales del campo de la explotación, emprende con renovado gusto y desembozada falta de escrúpulos el negocio de explotar al pueblo.

Tal ha sido la experiencia que el pueblo ha hecho desde comienzos de la historia, experiencia que finalmente lo conduce a la conciencia racional, a una comprensión clara de las cosas adquirida a expensas de sufrimiento, ruina y derramamiento de sangre.

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