La epidemia de rabia en España (1996-2007)

Desde hace tiempo, algunos compañeros sentimos la necesidad de hacer balance de la experiencia acumulada en el Estado español por sectores de militantes anarquistas, comunistas y autónomos, que durante un cierto tiempo confluyeron en torno a una cierta idea «insurreccional». Esta necesidad nace de dos circunstancias. La primera de ellas es la evidencia de que se ha cerrado una etapa. No estamos en el mismo punto que hace diez años -ni siquiera cinco-, y queremos sacar las conclusiones pertinentes para afrontar mejor batallas que no están en un futuro brumoso, sino que ya se nos están echando encima. Para ello es imprescindible abrir un debate, o al menos provocar una reflexión.

[Paul Lafargue] El derecho a la pereza

En vez de aprovechar los momentos de crisis para una distribución general de los productos y una holganza y regocijo universales, los obreros, muertos de hambre, van a golpearse la cabeza contra las puertas del taller. Con rostros pálidos, cuerpos enflaquecidos, con palabras lastimosas, acometen a los fabricantes: «¡Buen señor Chagot, dulce señor Schneider, dénnos trabajo; no es el hambre sino la pasión del trabajo lo que nos atormenta!». Y estos miserables, que apenas tienen la fuerza como para mantenerse en pie, venden doce y catorce horas de trabajo a un precio dos veces menor que en el momento en que tenían pan sobre la mesa. Y los filántropos de la industria aprovechan la desocupación para fabricar a mejor precio.

[Feral Faun] El Miedo al Conflicto

“Si usted es capaz de temblar de indignación cada vez que se comete una injusticia en el mundo, somos compañeros, que es lo más importante…” (1) Ernesto Guevara “No es una falta que te resistas contra mí y que afirmes tu particularidad, tu individualidad: no tienes que ceder ni que renegar de ti mismo.” Max Stiner Donde quiera que un par de anarquistas se reúnan, existirán argumentos. Esto no sorprende, ya que la palabra “anarquista” es usada para describir una amplia gama de a menudo contradictorias practicas e ideas. El único común denominador es el deseo de liberarse de la autoridad, aun cuando los anarquistas ni siquiera se ponen de acuerdo en lo que es la autoridad, dejando de lado el problema de la clase de métodos indicados para eliminarla. Estos problemas hacen aparecer muchos otros y el argumentar se hace inevitable. Los argumentos no me molestan. Lo que me molesta es enfocarse en tratar de llegar a un acuerdo. Es asumido que “porque somos anarquistas”, todos debemos desear realmente lo mismo; nuestros aparentes conflictos deben ser meramente malentendidos que podemos censurar, para así encontrar un lugar común. Cuando algunos evitan hablar las cosas e insisten en mantener sus distancias, son catalogados de dogmáticos. Esta insistencia en encontrar un lugar común puede ser una de las fuentes mas importantes del dialogo sinfin que tan frecuentemente ocupa el lugar de actuar, para crear nuestras vidas según nuestros propios términos. Este intento de encontrar un terreno común involucra la negación de conflictos

[Anselm Jappe] Las sutilezas metafísicas de la mercancía

Tal vez la mercancía y su forma general, el dinero, hayan tenido alguna función positiva en los inicios, facilitando la ampliación de las necesidades. Pero su estructura es como una bomba de relojería, un virus inscrito en el código genético de la sociedad moderna. Cuanto más la mercancía se apodere del control de la sociedad, tanto más va minando los cimientos de la sociedad misma, volviéndola del todo incontrolable y convirtiéndola en una máquina que funciona sola.

¿Por qué no soy cristiano? Bertrand Russel

La religión se basa, principalmente, a mi entender, en el miedo. Es en parte el miedo a lo desconocido, y en parte, como dije, el deseo de sentir que se tiene un hermano mayor que va a defenderlo a uno en todos sus problemas y disputas. El miedo es la base de todo: el miedo a lo misterioso, el miedo a la derrota, el miedo a la muerte. El miedo es el padre de la crueldad y, por lo tanto, no es de extrañar que la crueldad y la religión vayan de la mano.

[Raoul Vaneigem] Elogio de la pereza refinada

En la opinión que se ha ido forjando al respecto, la pereza se ha beneficiado mucho del creciente descrédito que pesa sobre el trabajo. Antaño erigido en virtud por la burguesía, que extraía su beneficio de él, y por las burocracias sindicales, a las cuales aseguraba la plusvalía de su poder, el embrutecimiento de la faena cotidiana ahora se reconoce como lo que es: una alquimia involutiva que transforma en un saber de plomo el oro de la riqueza existencial. Sin embargo y a pesar de la estima de que disfruta, la pereza continúa sufriendo igualmente por la relación de pareja que, en la tonta asimilación de las bestias a lo que los humanos poseen de más despreciable, persiste en reunir a la cigarra y la hormiga. Querámoslo o no, la pereza sigue atrapada en la trampa del trabajo que rechaza mientras canta. Cuando se trata de no hacer nada, ¿la primera idea que se nos viene a la cabeza no es que la cosa cae por su propio peso? En una sociedad, ay, en la que sin descanso se nos arranca de nosotros mismos, ¿cómo llegar hasta uno mismo sin tropiezos? ¿Cómo instalarse sin esfuerzo en ese estado de gracia en el que no reina sino la indolencia del deseo? ¿No funciona todo para turbar, gracias a las buenos motivos del deber y de la culpabilidad, el recreo sereno de estar en paz en compañía de uno mismo? Georg Groddeck1 percibía con justeza en el arte de no hacer