crisis económica

[SinPermiso] ¿Crecimiento equivale a cohesión social?

De Fernando Luengo y Lucía Vicent, en SinPermiso La amplitud y profundidad de la crisis económica internacional parecen haber unido a los gobiernos –con referentes ideológicos bien dispares- en los esfuerzos por detener la caída del producto, primero, y alcanzar de nuevo sendas de crecimiento, después. Como si la consecución de este objetivo instalara de nuevo a las economías en una normalidad bruscamente alterada por la debacle financiera La economía convencional descansa en un principio que, prescindiendo ahora de los matices, constituye el núcleo duro de su argumentación: el crecimiento económico contiene y resuelve la agenda social; como si el crecimiento, en sí mismo, facilitara o incluso asegurara alcanzar niveles crecientes de cohesión social, en una suerte de secuencia automática e inexorable, capaz de configurar un proceso de suma positiva, donde, finalmente, todos son ganadores. No estamos ante un razonamiento que haya surgido –aunque sí se ha reforzado- por las exigencias de una coyuntura particularmente adversa. En realidad, la asociación entre crecimiento y cohesión social ha sido uno de los iconos más reverenciados de las economías basadas en el mercado (y también, por cierto, de las organizadas en torno a los sistemas de planificación centralizada). Alrededor de este fetiche han convergido muy distintas corrientes de pensamiento económico, las cuales han prevalecido en buena parte de los foros académicos y han impregnado las políticas económicas aplicadas por los gobiernos. Seguir leyendo en SinPermiso

El Gobierno se ceba contra la clase trabajadora: recortará la prestación del paro, subirá el IVA y amplia el período de cómputo de pensiones

El Gobierno subirá el IVA, aumentará la jornada laboral de los funcionarios, ampliará el periodo de cómputo de las pensiones, reducirá las cotizaciones sociales de las empresas y eliminará la deducción fiscal por vivienda a cambio de ganar un año en la reducción del déficit público. De estos nuevos golpes contra la clase trabajadora, destaca la reforma del paro, que  afectaría a 4,61 millones de personas, que verían cómo  el subsidio por desempleo baja desde el 70% hasta el el 60% en los 6 primeros meses,  lo que supone un robo descarado a trabajadoras y trabajadores que previamente habían depositado su confianza en el sistema de Seguridad Social. De esta manera, el Gobierno acepta naturalmente todos los ajustes recomendados por la Comisión Europea y el FMI para poder ganar un año para la reducción del déficit público, a costa de la mayoría más débil económicamente.  Sus recetas, arruinar a la maltrecha clase trabajadora quitándole dinero vía impuestos indirectos y bajando sus prestaciones, son impuestas desde los foros neoliberales españoles e internacionales para conducirnos directamente a los peores momentos de la Edad Media.   Y como es preceptivo, el ministro de Economía  Luis de Guindos,  irá a Bruselas a rendir pleitesía a sus amos alemanes y explicar estas nuevas medidas de «ajuste». Para terminar, me hago con el lamento del profesor Juan Torres López en su blog de Público: «Pobre España y pobre pueblo español, tan silencioso y obediente. Vibra de patriotismo cuando gana La Roja pero enmudece cuando le roba una potencia extranjera

[Murray Bookchin] ¡Escucha marxista!

Toda la vieja morralla de los años treinta está de regreso: la «línea de clase», el «papel de la clase», los «cuadros adiestrados», el «partido de vanguardia» y la «dictadura proletaria». Todo aquello ha vuelto, y en forma más vulgarizada que nunca. El Progressive Labor Party no es el único ejemplo; es sólo el peor. Se huele el mismo tufillo en varios desprendimientos de la SDS y en los círculos marxistas y socialistas de los campus, no digamos ya en los grupos trotskistas, los Clubs Socialistas Internacionales y la Juventud Contra la Guerra y el Fascismo* [habla de grupos políticos de Estados Unidos en los años 60-70]. En los años treinta, al menos, esto era comprensible. Los Estados Unidos estaban paralizados por una crisis económica crónica, la más profunda y prolongada de su historia. Las únicas fuerzas vivas que parecían conmover los muros del capitalismo eran los poderosos impulsos organizativos de la CIO** [sindicato norteamericano posteriormete fusionado con la AFL], con sus espectaculares huelgas y sentadas callejeras, su militancia radical, sus encuentros sangrientos con la policía. La atmósfera política del mundo entero estaba cargada con la electricidad de la Guerra Civil Española, última expresión de las clásicas revoluciones obreras, donde cada secta radical de la izquierda americana podía identificarse con su propia columna miliciana en Madrid o Barcelona. Esto era hace treinta años. En aquel tiempo, cualquiera que tuviera la ocurrencia de gritar «Haz el amor, no la guerra» hubiera sido tomado por loco; el grito de entonces era «Haced empleos,