movimiento obrero

[Anton Pannekoek] Para luchar contra el capital hay que luchar también contra el sindicato. (IV)

IV [Por la acción directa] En este punto surge una cuestión de excepcional importancia: ¿cómo es posible deducir la existencia o el florecer de una voluntad de lucha en el seno de la clase obrera? Para contestar, hemosde alejarnos, ante todo, del ámbito de las disputas entre los partidos políticos -concebidas sobre todo para burlarse de las masas-y dirigirnos hacia el interés económico, que es el lugar hacia el que las masas dirigen intuitivamente su áspera lucha destinada a defender su nivel de vida. En este sentido se hace evidente que con el paso de la pequeña a la gran empresa, los sindicatos dejaron de ser instrumentos de lucha proletaria. En nuestra época, se están transformando paulatinamente en organismos de los que el capital monopolista se sirve para dictar alternativas a la clase obrera. Cuando los trabajadores empiezan a darse cuenta de que los sindicatos son incapaces de dirigir su lucha contra el capital, le tarea más inmediata es la de descubrir y aplicar nuevas formas de lucha- la huelga salvaje. Este es, en efecto,. el medio para librarse de las tutelas ejercidas por los viejos líderes y por las viejas organizaciones, el medio que permite tomar las iniciativas necesarias, juzgar el momento y las formas de la acción, fijar todas las decisiones útiles; en este nuevo marco, los obreros deben encargarse ellos mismos de hacer propaganda, de extender el movimiento y de dirigir la acción. Las huelgas salvajes constituyen explosiones espontáneas, la manifestación auténtica de la lucha de clase

[Anton Pannekoek] Para luchar contra el capital hay que luchar también contra el sindicato. (III)

III – [Las formas de organización revolucionarias] Son muchos los que continúan concibiendo la revolución proletaria bajo el aspecto de las antiguas revoluciones burguesas, es decir, como una serie de fases que se originan unas a partir de otras; primero, la conquista del poder político y la formación de un nuevo gobierno; después la expropiación, por decreto, de la clase capitalista; y finalmente, una reorganización del proceso de producción. Pero, de este modo, el resultado sólo puede ser una especie de capitalismo de Estado. Para que el proletariado pueda convertirse realmente en el patrón de su propio destino, es preciso que cree simultáneamente su propia organización y las formas del nuevo orden económico. Estos dos elementos con inseparables y constituyen el proceso de la revolución social. Cuando la clase obrera consiga organizarse en un cuerpo único capaz de llevar a cabo acciones de masas potentes y unificadas, la hora de la revolución habrá sonado, ya que el capitalismo sólo puede enseñorearse de los individuos desorganizados. Y cuando las masas organizadas se lanzan a la acción revolucionaria, mientras los poderes constituidos están paralizados y empiezan a disgregarse, las funciones de dirección pasan del antiguo gobierno a las organizaciones obreras. Desde este momento, la tarea principal es la de continuar la producción, asegurar este proceso indispensable a la vida social. En la medida en que la lucha de clase revolucionaria del proletariado contra la burguesía y contra sus órganos es inseparable de la confiscación, por parte de los trabajadores, del aparato de

[Anton Pannekoek] Para luchar contra el capital hay que luchar también contra el sindicato. (II)

II – [El devenir del viejo movimiento obrero] El desarrollo del capitalismo ha cambiado todo esto. Las pequeñas oficinas han sido sustituidas por las grandes fábricas y las gigantescas empresas en las que trabajan miles o decenas de miles de personas. El crecimiento del capitalismo y de la clase obrera ha tenido como consecuencia el crecimiento de sus respectivas organizaciones. Los sindicatos, que en su origen eran grupos locales, se han transformado en grandes confederaciones nacionales, con centenares de miles de miembros. Deben recoger sumas considerables para sostener huelgas gigantescas, y sumas todavía más enormes para alimentar los fondos de socorro mútuo. Se ha desarrollado toda una burocracia dirigente, un estado mayor pletórico de administradores, de presidentes, de secretarios generales, de directores de periódicos. Encargados de negociar con los patronos, estos hombres se han convertido en especialistas habituados a contemporizar y a ponerse del lado de los «hechos». En definitiva, ellos lo deciden todo, desde el empleo de los fondos el contenido de la prensa; frente a estos nuevos patronos, los afiliados de la base han perdido prácticamente toda su autoridad. Esta metamorfosis de las organizaciones obreras en instrumentos de poder sobre sus propios miembros no carece de antecedentes históricos: siempre que una organización ha crecido desmesuradamente, ha escapado el control de las masas. Idéntico fenómeno se ha producido en las organizaciones políticas, que se han transformado de los pequeños grupos de propagandistas que eran en un principio, en grandes partidos políticos. Sus verdaderos dirigentes son los diputados del Parlamento,