murray bookchin

[Colin Ward] Reflexiones sobre las "Zonas temporalmente autónomas"

Tengo una larga lista de libros que me gustaría leer o escribir y que por razones ordinarias, como por ejemplo tener un bajo sueldo, me quedo en casa a que alguien me los compre o escriba, dando una falsa imagen al exterior. Eso explica porqué anarquistas de varios países, como Francia, Alemania, los Países Bajos e Italia [y ahora Iberia], me han pedido mi opinión sobre los puntos de vista de Hakim Bey. Me he avergonzado durante mucho tiempo del hecho de no tener ninguna idea sobre quién es y cuales son sus opiniones. Muchos de nosotros, incluyéndome a mí, vacilamos en revelar el extenso alcance de nuestra propia ignorancia. Ha habido dos fuentes que me han explicado de lo que hablaba. Uno, por supuesto, es el inestimable artículo publicado en Freedom “Food for Thought…and Action!” (1997), y el otro es el libro de Murray Bookchim Social Anarchism or Lifestyle Anarchism: An Unbridgeable Chasm (1995). Bookchin y yo tenemos maneras opuestas de hacer frente a la gente que tiene ideas conectadas, en cierta forma, con las nuestras pero con quienes discrepamos. La suya consiste en pulverizarlas con la crítica de modo que no vuelvan a emerger. La mía sigue la actitud de Paul Goodman, quien por cierto había sido objeto del desprecio de Bookchin. A Goodman le gusta explicar lo siguiente: Tom le dice a Jerry: “¿Quieres luchar? ¡Cruza esta línea!” y Jerry lo hace. “¡Ahora”, grita Tom, “estás en mi lado!”. Dibujamos la línea en sus condiciones pero procedemos

[Murray Bookchin] ¡Escucha marxista!

Toda la vieja morralla de los años treinta está de regreso: la «línea de clase», el «papel de la clase», los «cuadros adiestrados», el «partido de vanguardia» y la «dictadura proletaria». Todo aquello ha vuelto, y en forma más vulgarizada que nunca. El Progressive Labor Party no es el único ejemplo; es sólo el peor. Se huele el mismo tufillo en varios desprendimientos de la SDS y en los círculos marxistas y socialistas de los campus, no digamos ya en los grupos trotskistas, los Clubs Socialistas Internacionales y la Juventud Contra la Guerra y el Fascismo* [habla de grupos políticos de Estados Unidos en los años 60-70]. En los años treinta, al menos, esto era comprensible. Los Estados Unidos estaban paralizados por una crisis económica crónica, la más profunda y prolongada de su historia. Las únicas fuerzas vivas que parecían conmover los muros del capitalismo eran los poderosos impulsos organizativos de la CIO** [sindicato norteamericano posteriormete fusionado con la AFL], con sus espectaculares huelgas y sentadas callejeras, su militancia radical, sus encuentros sangrientos con la policía. La atmósfera política del mundo entero estaba cargada con la electricidad de la Guerra Civil Española, última expresión de las clásicas revoluciones obreras, donde cada secta radical de la izquierda americana podía identificarse con su propia columna miliciana en Madrid o Barcelona. Esto era hace treinta años. En aquel tiempo, cualquiera que tuviera la ocurrencia de gritar «Haz el amor, no la guerra» hubiera sido tomado por loco; el grito de entonces era «Haced empleos,

[Murray Bookchin] El anarquismo ante los nuevos tiempos

A menos que la sociedad se inmole en una catástrofe nuclear, nos espera una era marcada por una novedad de tal impacto que puede constituir la transformación más radical vivida por la humanidad desde la revolución industrial, o mejor dicho, tal vez desde cuando nuestros antepasados iniciaron la agricultura, milenios de años atrás. Es cierto: no estoy exagerando la dimensión y la importancia de este cambio, más bien lo estoy subvalorando. Ya estamos experimentando los primeros efectos, con el descubrimiento de los secretos» de la materia (nuclear) y de los secretos» de la vida (ingeniería genética), de consecuencias incalculables, bombas de hidrógeno, y de neutrones, misiles inteligentes» que pueden ser conducidos en la espalda y lanzados por un solo hombre, y en fin, estaciones espaciales, vehículos aéreos que vuelan a velocidades muy superiores a la del sonido, submarinos dotados de armas nucleares que pueden permancer sumergidos por períodos de tiempo casi ilimitados, y un armamento terrestre de armas automáticas, medios acorazados polivalentes, potente artillería, mortales toxinas biológicas y químicas, centros de mando superelectronizados, y, aún más, técnicas avanzadísimas de vigilancia desde los satélites que pueden fotografiar a un individuo desde centenares de kilómetros por encima de él, hasta los micrófonos direccionales que pueden captar una conversación a metros de distancia a través de una ventana cerrada… Todos estos medios de control y de destrucción son tan sólo los heraldos de una técnica que será considerada primitiva dentro de una o dos generaciones. Son asimismo la prueba de que el orden